Una historia

Bueno, una historia, una historia de la vida real. ¿No conocen a esas personas? Yo sí las conozco. Yo quería cerrar esta parte de lo que es misiones contando una historia. Pensaban en los misioneros, no en misioneros que uno puede entrar como Hudson Taylor, John y Charles Wesley (se me fue ahora el apellido, eso es el cansancio, son 3 horas de dormir), y tantos más, pero yo quiero hablar de dos personas. ¿Alguien sabe quiénes son esas personas? ¿Las reconoce?

Bueno, ella es Marcelina Roa. Marcelina Roa se casó con Leonardo Godoy. Tuvieron seis hijos: el más grande Caíto, Frá, Felicitaciones (alias Chiquita), Claudio, José, y la más chiquita de todas, Ramona. Leonardo era de Clara, ojos terriblemente celestes. Era una mezcla de ascendencia paraguaya y europea. Trabajaba en los ferrocarriles de Formosa y era jornalero. O sea, de lunes a viernes cobraba, y con la guitarra, hermano, se iba. Marcelina tenía que cuidar a sus hijos y a unos siete u ocho personas más, no hijos, sino personas que ella criaba. Tenía un mercadito donde vendía todo suelto. Por la foto ustedes se darán cuenta de que es hace muchos, muchos años atrás.

¿Qué hacía Doña Marcelina? Era muy conocida por la gente de la aduana de Formosa. Los que son de Formosa o han ido a Formosa saben que hay una parte donde está la prefectura. Uno cruza un río y está en Alberdi, que es la República de Paraguay. Ella no pasaba precisamente por ahí porque tenía su canoíta. Pasaba con sus dos hijos más chicos, sus dos hijos varones más chicos que eran José y Claudio. Traía las bolsas de harina, las bolsas de azúcar, las bolsas de yerba, y por debajo de la canoa traía los paquetes de cigarros, las damajuanas de vino, las cañas (no me sale ahora el nombre, pero las cañas que es alcohol). Todo traficaba por debajo la Doña Marcelina. “Lo de siempre, Doña Marcelina”, decía ella, y arrastraba su canoa e iba metiendo en un carro todas las cosas.

Ella era analfabeta. La vida de Marcelina Roa era muy sufrida. Sufría el abandono de Leonardo Godoy, sufría muchas veces violencia. Era una mujer de mucho carácter, pero muchas veces sufría violencia. Sin embargo, ella hacía todo lo posible para solventar a la familia. Tenía un negocio bastante importante.

Un día, Marcelina, que hablaba poco español (le hablaban en guaraní, con Leonardo también hablaban en guaraní), cansada ya de la vida de miseria que llevaba, salió. Les dijo a sus hijos: “Ya vengo”, y se fue. Entró a la primera iglesia que encontró, una iglesia católica. Se arrodilló delante del altar de una cruz y le dijo a Dios que si existía, le demostrara, le perdonara y le salvara la vida. Se levantó y se fue. Es todo lo que hizo.

Tres días después llegaron a la casa de Marcelina y Leonardo dos misioneros evangélicos norteamericanos de lo que entonces era la iglesia Emmanuel, y posteriormente se une con la Iglesia del Nazareno y forma parte de la base de la Iglesia Nazareno en Formosa. Cuando golpearon (imagínense, esto fue hace no sé si 100 años, pero bastante atrás), llegar a la casa de una persona analfabeta que hablaba prácticamente todo el tiempo guaraní… Era brava Doña Marcelina, muy brava. Yo no la llegué a conocer, pero me dijeron que era muy, muy brava. Dos misioneros que hablaban un poco de español, con el calor de Formosa y su Biblia debajo del brazo, golpearon y salió. “¿Qué quieren?” “Venimos a hablarle de Jesús”, y Marcelina los dejó pasar.

Ella aceptó a Jesucristo en su corazón y aprendió a leer con la Biblia. No solo eso, sino que le dijeron qué tenía que hacer con las hijas y los hijos, y ella consagró a sus hijos a Jesús. El lugar donde escondía el tráfico de lo que hacía lo cedió para una obra que posteriormente se convirtió en una misión, luego en una iglesia. Cuando Leonardo se convirtió, fue el pastor de la primera Iglesia del Nazareno allá en el barrio San Miguel de Formosa.

De sus hijos, José, Claudio y Chiquita (que era Felicitaciones) fueron pastores y misioneros. José en Bolivia, un misionero muy importante. Claudio, misionero en todos lados, abrió iglesias. No tengo ya idea de la cantidad de iglesias que abrió. Chiquita también fue pastora hasta que el Señor la llevó a su presencia. Caíto murió joven en un accidente, fue activo miembro de la iglesia de Herradura en el interior de Formosa. Y Ramona, que fue la más chiquita de todas, fue muy joven al seminario. Quería ser instrumentadora y su sueño era ser misionera. Quería ir a hacer misiones y quería estudiar medicina, pero su salud y sus carencias económicas lo impidieron. Ella un día, a los 16 años, se desmayó en pleno hospital. Tenía una terrible anemia, trabajaba en tres lugares para pagarse el seminario y pagarse los estudios, y tuvo que volver a Formosa.

Ella figura en la historia de los evangelizadores del área de Mechita de la provincia de Buenos Aires. Fue miembro fundador de la iglesia de Mechita allá en la provincia de Buenos Aires. Ramona regresa de Buenos Aires a Formosa y se casa, dedicándose de lleno a la crianza de sus hijas, hijos de corazón, y a su gran pasión: la sociedad misionera. Cuando cumplió 70 años, recibió un homenaje por su entrega a la sociedad misionera, aporte a la sociedad formoseña, a los huérfanos, inundados, etcétera. Vivió para amar y servir a Dios y partió con el Señor a los 82 años, pero su legado continúa.

Ella es Ramona, es mi mamá, Ramona Godoy de Caje, hija de Marcelina Roa y de Leonardo Godoy, hijos espirituales de dos misioneros de Estados Unidos que decidieron un día entrar en una casa donde solo se hablaba el guaraní y, con su español muy cortado, predicar el evangelio. Ramona tuvo muchos hijos y nietos. Eso es solamente la tercera parte de sus hijos y nietos, no entra en una sola foto.

Ella es su hija mayor, la Reverenda Nancy Caje. Ella pastorea la Iglesia El Buen Pastor de Formosa. Cuando la iglesia no se llamaba El Buen Pastor y pastoreaba mi tía Chiquita, mis padres quedaron sin casa y mi papá tenía que ir al interior a trabajar. No tenían dónde ir y la Iglesia del Nazareno les dio una habitación para que mi mamá se quedara. En ese momento tenía cuatro hijos y la iglesia le proveyó alimentos. Hoy mi hermana Nancy es pastora de esa iglesia.

Esos son los cuatro hijos de Nancy. Me detengo solamente con Nancy porque es la mayor. El varón es David Alberto Galarza Caje, es pastor de la Iglesia de Eva Perón de Formosa. Está en vías de terminar su carrera de bachiller en teología, es maestro mayor de obra. La de al lado es Débora Noemí Galarza Caje, está estudiando la maestría en teología, es abogada y tiene múltiples emprendimientos. La que tiene al bebé es Silvana, es diseñadora gráfica y es líder de jóvenes y adolescentes de la iglesia. La que está atrás es la Reverenda Carolina Galarza Caje, maestra de inglés, estudiante de abogacía y pastora de la Iglesia de Villa Lourdes.

Por la fe de una mujer analfabeta y por la vocación de unos misioneros, se salvó una familia que formó parte de la fundación de la Iglesia Nazareno en Formosa. Desde Marcelina a Santiago Galarza Caje, que es mi sobrino nieto, hay cinco generaciones ganadas para Cristo: pastores, misioneros, músicos, arquitectos, abogados, médicos, maestros, teólogos. Generaciones ganadas para Cristo porque alguien se atrevió a creer y porque alguien dijo sí al llamado a la gran comisión.

Hoy Jesús te está llamando para hacer la diferencia, ¿cuál es tu respuesta? Esa es la historia que yo quería contar. Yo soy la hija más chica de Ramona, la nieta de Marcelina Roa y de Leonardo Godoy, y soy la tercera generación. Porque alguien predicó y porque alguien golpeó la puerta de una casa que quizás nadie se hubiese atrevido, porque todos le conocían a la traficante Marcelina. Hoy, y lo digo por el alcance de una vida que se gana, son cinco generaciones que están sirviendo al Señor de diferentes maneras.

Mi abuela era analfabeta, el sueño de mi mamá era la educación y ser misionera. No lo logró, pero muchos de sus hijos y sus nietos y ya sus bisnietos están… Ella no pudo terminar el seminario y casi todos sus nietos y casi todas sus hijas terminaron la educación teológica. Ella no pudo hacer medicina porque no tuvo el aporte económico y dos de sus hijas somos médicas.

Hermanos, esto es el alcance de una fe que clama, pero con una persona dispuesta a ir y predicar. Cuando cantamos esta canción hubo manos levantadas, hermanos. Usted no sabe cuando toca una puerta, cuando entrega un tratado, a quién va a alcanzar. Alguien se atrevió a predicar al alcohólico guitarrista y a la traficante analfabeta, y por eso hoy yo estoy acá en el camino del Señor. Hermanos, tengan un alma misionera porque hay gente que necesita y está pidiendo, aclamando. Que el Señor les bendiga a cada uno de ustedes.

Este es un extracto de la prédica titulada: “Una historia” de la Pastora Sara. Te invitamos a ver la prédica completa aquí: https://youtu.be/R3pVZ94fj8w