Hermanos, quiero hablarles sobre cómo muchas veces tenemos un entendimiento equivocado de Dios. Cuando nos acercamos a Él, frecuentemente lo hacemos esperando que resuelva nuestros problemas: una enfermedad, la soledad, problemas económicos o familiares. Pensamos que al venir a Dios, automáticamente todas estas situaciones van a cambiar.
Sí, vemos milagros y cómo Dios obra en nuestras vidas, pero estos son solo consecuencias secundarias. Lo que el Señor realmente busca es transformar nuestro corazón y establecer una relación con nosotros. Sin embargo, cuando no recibimos lo que esperamos, nos enojamos. Decimos: “Señor, he ido a la iglesia, oro, ayuno, me levanto temprano, doy mis ofrendas y diezmos, ¡y estoy peor que antes!”
Algunos incluso van más lejos y abandonan la fe, diciendo: “Esto no tiene sentido. Hablé con los pastores, con los líderes, busqué a Dios por meses o años, ¿y qué conseguí? Nada. Mi situación empeoró.” Todo esto sucede porque nuestra mirada no está realmente puesta en el Señor.
Para ilustrar esto, les comparto la historia de Lucas 24:13, donde dos discípulos caminaban hacia Emaús, que estaba a unos 11.5 kilómetros de Jerusalén. Estos hombres, que según los historiadores podrían haber sido parte del grupo de los setenta discípulos mencionados en Lucas 10:1, iban conversando sobre todo lo que había sucedido. Jesús mismo se les acercó, pero sus ojos estaban velados para no reconocerlo. Aunque habían visto los milagros de Jesús y compartido su ministerio, no eran parte de su círculo más íntimo. Esta historia nos muestra cómo podemos estar tan cerca de Jesús y aun así no reconocerlo, especialmente cuando nuestras expectativas no se alinean con Sus propósitos.
Entonces, cuando leo sobre el viaje de los discípulos hacia Emaús, me pregunto qué significa realmente este lugar. Emaús, además de ser una ciudad, tiene el significado de “baño tibio” o “manantiales tibios”, lo cual refleja un ambiente de confort. En tiempos fríos, preferimos el calor, algo que nos reconforte, y esto se aplica también a nuestras vidas espirituales y personales. A veces, cuando las cosas no van como esperamos, buscamos regresar a nuestra zona de confort, donde todo es conocido y seguro, donde no tenemos que esforzarnos.
El domingo, conversaba con Amy sobre cómo las empresas están adaptándose a los cambios tecnológicos y buscando estabilidad en empleados mayores, de 40 años en adelante, que probablemente tienen familias y buscan estabilidad. Un pastor me dijo una vez que debemos agradecer por nuestro trabajo hasta que terminemos, pero no siempre es así; la vida nos empuja a salir de lo conocido, lo cual puede ser difícil cuando estamos acostumbrados a una rutina.
Los discípulos que iban a Emaús habían presenciado milagros pero no formaban parte del círculo íntimo de Jesús. Estaban buscando consuelo en un lugar de confort después de las expectativas no cumplidas, lo cual nos lleva a reflexionar sobre nuestra propia vida de fe. El Señor nos advierte sobre ser tibios, ni fríos ni calientes, porque una vida de doble estándar no nos ayuda a crecer espiritualmente. He conocido a personas de la iglesia mormona que vivían esta dualidad, lo cual me hizo pensar en cómo a veces buscamos confort en lo conocido, en lugar de enfrentar los desafíos de la fe verdadera.
Pero en esta búsqueda, empecé a darme cuenta de que hay situaciones donde nos quedamos “tibios” en nuestra fe. Sabemos lo que Dios nos pide, pero por las circunstancias o porque nadie nos ve, hacemos las cosas a medias. Es como cuando los discípulos en el camino a Emaús, que conocían a Jesús como un profeta poderoso en obras y palabras, pero no lo reconocían como el Señor de sus vidas.
Muchas veces nos acercamos a Dios esperando que resuelva nuestros problemas: una enfermedad, la soledad, situaciones económicas o familiares. Y cuando no recibimos lo que esperamos, nos enojamos y decimos: “Señor, he ido a la iglesia, oro, ayuno, doy mis ofrendas, ¿y qué recibo? ¡Nada!” Algunos hasta abandonan la fe, diciendo que es una mentira.
Pero el verdadero propósito de Dios no es simplemente resolver nuestros problemas. Él busca transformar nuestro corazón y establecer una relación genuina con nosotros. Sí, hay promesas que Dios ha puesto en nuestras vidas y cosas que van a cambiar, pero también habrá situaciones difíciles que tendremos que atravesar. Lo importante es que estas circunstancias no afecten nuestra relación con Él.
Como decía nuestra hermana Sara, el amor se manifiesta con sacrificio. No es solo hacer grandes demostraciones, como poner pasacalles o hacer gestos impresionantes. El verdadero amor, especialmente hacia Dios, se demuestra en nuestro compromiso diario y en nuestra disposición a seguirlo incluso cuando las cosas no salen como esperamos.
Entonces, yo me sacrifico, verdad, por ti. Como padre, me he sacrificado muchas veces por mis hijos, buscando lo imposible para darles lo que piden, trabajando horas extra. Este sacrificio es un reflejo de cómo demostramos amor a Dios, dedicando tiempo para Él. Pero, en el caso de los discípulos camino a Emaús, ellos esperaban algo distinto de Dios, un cambio político en Israel, y al no verlo, se sentían decepcionados y volvían a sus vidas anteriores, buscando confort.
La gran comisión nos llama a predicar el evangelio, pero estos hombres, quizás pescadores, regresaban a lo conocido porque el Salvador ya no estaba físicamente. Ellos no comprendían el propósito divino, solo veían su propia expectativa frustrada. Cuando Jesús se les aparece, no lo reconocen de inmediato, pero al compartir el pan, sus ojos se abren. Dios no nos obliga a seguirle; nos invita. El Señor está siempre presente, observando nuestras vidas, pero espera que nosotros abramos la puerta a su presencia.
A veces, como niños, nos enfocamos tanto en lo que queremos que no vemos lo que Dios tiene para nosotros. Tenemos a menudo prioridades o propósitos incorrectos, creyendo que conocemos lo mejor. Pero Dios nos quiere llevar más allá, no solo a resolver problemas o enfermedades, sino a transformar nuestro corazón. Los discípulos de Emaús necesitaban este cambio de perspectiva, entender que Jesús era más que un profeta, era el Señor de su vida.
En momentos difíciles, es crucial no aislarse sino buscar apoyo, como lo hicieron estos dos discípulos, consolándose mutuamente. Dios quiere que estemos atentos a su presencia, incluso cuando nuestras expectativas no se cumplen. Él nos da nuevas oportunidades, no para regresar a lo cómodo, sino para avanzar hacia lo que Él tiene preparado, reconciliándonos con Él y cumpliendo su propósito en nuestras vidas.
Les quiero compartir una experiencia importante de mi vida ministerial. Cuando era joven y estudiante de Medicina, me involucré como copastor en un trabajo en Barrio Municipal, Tucumán. Era un lugar muy complicado, donde la violencia y las drogas eran comunes. Trabajamos muchísimo y vimos transformaciones increíbles: personas que habían sufrido violencia doméstica, madres solteras que buscaban una nueva vida.
Hubiera sido fácil abandonar cuando las cosas se pusieron difíciles. Yo era estudiante, tenía que poner mi propio dinero para ir, arriesgaba mi seguridad. La última reunión que tuvimos, éramos solo tres personas, después de haber tenido 40. Pero saben, si hubiera abandonado en ese momento, no estaría donde estoy hoy. Dios me llamó después a ser pastor de jóvenes, y con Mariela tomamos el desafío de una iglesia en Barrio Echeverría, otro lugar complicado.
Es como los discípulos en el camino a Emaús: cuando Dios se revela en nuestras vidas, ya no somos los mismos. No podemos quedarnos en la superficialidad. Como dice el libro de Ezequiel, hay que adentrarse en el río: primero nos llega a los tobillos, luego a las rodillas, a la cintura, hasta que tenemos que nadar.
También quiero hablarles de la importancia de la iglesia como cuerpo. Durante la pandemia, muchos nos acostumbramos a los cultos virtuales. Pero no es lo mismo ver por WhatsApp o Facebook que estar aquí. Sí, uno puede orar solo, leer la Biblia en casa, pero cuando estamos en el cuerpo de Cristo, Dios se manifiesta de manera especial.
No sé cómo están ustedes hoy, qué expectativas tienen. Quizás están caminando su propio camino a Emaús, un poco tristes porque las cosas no salieron como esperaban. Pero Dios puede revelarse en cualquier momento y transformar completamente nuestra perspectiva, como lo hizo con aquellos discípulos cuando compartió el pan con ellos y sus ojos fueron abiertos.
Este es un extracto de la prédica titulada: ¿Qué esperamos? del Pastor Sandro. Te invitamos a ver la prédica completa aquí: Prédica Completa


