¿Porque Dios permite el sufrimiento?

Dios nos dice: “Sandro, déjame ser Dios. Yo soy un Dios de Gracia, soy un Dios soberano y tengo poder sobre todas las cosas. Déjame que yo sea así. A pesar de eso, me quieres seguir?”.

Qué importante es decir “sí Señor”, porque mi perspectiva cambia y nos pone a pensar y muchas veces decimos: “Señor, yo hice esto para vos, ¿por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué tengo que estar pasando por esto? Tu me tienes que dar esto o aquello … porque Tu me dijiste que si yo te doy…” Pero el Señor no es un Dios retribucionista, Él es soberano. Él hace como quiere y no podemos cuestionarlo. No vamos a hacer las cosas conforme a lo que veamos, sino conforme a su palabra.

Estuvimos hablando con los hermanos el miércoles en la reunión de oración sobre algunos temas importantes. Vivimos en una época posmodernista donde todo tiene que ver con el placer. Usted tiene que “disfrutar” las cosas que hace: si va a un lugar, tiene que pasarla bien; si toma días de descanso, tiene que disfrutar; si va a la casa de la suegra, tiene que pasarlo bien (es una broma). Vivimos en una sociedad hedonista donde el placer y las cosas que hacemos tienen que hacernos sentir bien.

Sin embargo, aparece algo que quizás no tendríamos en cuenta en nuestras vidas: el sufrimiento. Si yo les preguntara si han sufrido alguna vez, creo que dirían no una sino tres, cuatro o cinco veces. Todos los que estamos acá hemos sufrido: si esperaban algo y no lo lograron, si buscaban un trabajo y no lo encontraro, si su jefe les dijo que hacían las cosas mal. El sufrimiento está en nuestra vida.

¿Por qué Dios permite el sufrimiento? El sufrimiento es parte de la naturaleza de esta sociedad porque es un mundo caído. Tenemos varios elementos: desastres naturales, enfermedades, terrorismo, violencia, accidentes y falta de humanidad. Por ejemplo, yo les compartí el miércoles que me han hecho una cirugía dental y me duele. Pero, ¿es lo mismo el dolor que el sufrimiento? El dolor puede ser momentáneo, como cuando uno se golpea el dedo del pie. El sufrimiento es más profundo: es cuando hay una afectación emocional, no es solamente la parte física.

Hoy por hoy tenemos diversas teologías que nos dicen que no hay que sufrir. Incluso hay una “iglesia para dejar de sufrir”. Como que el sufrimiento sería algo malo. Tenemos una teología de la prosperidad que dice que si estamos en el camino de Dios, todo nos va a salir perfecto, y si algo no sale bien es porque algo estamos haciendo mal. Es un tema muy interesante, complejo y profundo que merece ser analizado desde una perspectiva bíblica.

Cuando hablamos de sufrimiento, nos referimos a varios tipos de situaciones. Por ejemplo, los desastres naturales: terremotos, temblores, inundaciones. Estuve compartiendo una capacitación con hermanos de Brasil que me pedían orar por Porto Alegre, donde las inundaciones han destruido casas y cobrado vidas. También tenemos otros desastres como sequías, tormentas, tsunamis y plagas. Recordemos la situación actual del dengue: nadie hubiera imaginado la cantidad de personas que morirían, y ahora se genera una vacuna para tratar de ayudar.

Las enfermedades son otra fuente de sufrimiento. Pensemos en un bebé prematuro que nace con retinopatía y después no puede ver. Hay enfermedades crónicas que aparecen de repente: uno está sano y de pronto debe tomar medicamentos toda su vida. Uno no puede decir “a mí no me va a pasar”. Aunque uno se cuide, se guarde y se proteja, algo puede aparecer. Más graves aún son las enfermedades incurables como el cáncer o las enfermedades autoinmunes. Imaginen a esa persona que tenía su familia, ese padre o esa madre que estaba sano, y en un momento le detectan una enfermedad incurable. Su vida cambia completamente.

Cuando una persona sufre, principalmente pasa por dos situaciones: o quiere negar que está sufriendo, diciendo “no, yo estoy bien” cuando está mal, o busca escapar refugiándose en algo – el alcohol, las drogas, el juego de azar, la pornografía, la sexualidad. Cree que todo eso va a cubrir el vacío o le va a hacer sentir mejor porque, como está sufriendo, quiere algo que lo levante.

Aparece también la figura de la persona buena y la persona malvada. Muchas veces creemos que si una persona es buena, las cosas le irán bien, y si es mala, le irán mal. Pero ¿qué pasa cuando vemos que a las personas malas les va bien y a las buenas mal? Es interesante porque uno puede ser una buena persona, que no le hace mal a nadie, pero las cosas no le van bien. Y esto no significa que uno esté mal o en pecado. Al revés, la persona malvada e insensible a veces no sufre mucho porque desarrolla una coraza donde nada le importa. Pero obviamente, esto genera consecuencias en su corazón.

En el libro de Deuteronomio se habla de que si la persona es obediente a Dios, Él la bendecirá, pero si es desobediente, vendrá la maldición y la condenación. Es verdad, pero no es totalmente así, porque si vamos al Nuevo Testamento, encontramos algo más profundo.

Es muy interesante ver cómo tenemos un Dios de gracia que es soberano y hace como Él quiere. Muchas veces creemos que Dios se maneja conforme a nuestras reglas. Por ejemplo, hay personas que sirven a Dios durante muchos años, trabajan en una iglesia con amor, y cuando les pasa algo – una enfermedad o una situación difícil – se enojan y dicen: “Señor, ¿por qué a mí si yo te serví, si te di mi vida?”

El problema es que Dios es soberano y hace como Él quiere. No nos pregunta si estamos de acuerdo, simplemente lo hace. En su gracia, nos dice: “Déjame tener la libertad de hacer las cosas para que mi gracia actúe en tu vida”. No es una deuda – no es que porque yo le dé a Dios mi tiempo, mi diezmo o mis cosas, Él me tenga que dar algo a cambio. Dios no se rige por las cosas que nosotros hacemos.

El sufrimiento tiene dos aspectos: el físico y el emocional. El físico incluye dolor, debilidad, pérdidas materiales. Por ejemplo, ayer estaba preparando comida y me quemé con una olla hirviendo – eso genera un dolor físico. El aspecto emocional tiene que ver con la pérdida de seres queridos, posesiones, empleo. Si uno pierde su trabajo, aunque diga “Dios proveerá”, le afecta porque piensa: “¿Cómo pagaré la luz, el agua, mis obligaciones?” También incluye trastornos de la personalidad, ansiedad, depresión.

Hay diferentes religiones que explican el sufrimiento de distintas maneras. El Islam dice que es parte del destino – Alá quiso que sufras y no puedes hacer nada al respecto. El Hinduismo habla de una relación causal: si fuiste una buena persona, te reencarnarás en algo bueno; si fuiste malo, en algo malo. El Budismo dice que el sufrimiento es resultado del deseo – si no deseas nada, no sufrirás. El Ateísmo dice que Dios no existe, que todo es producto del azar y la materia.

Los ateos cuestionan: si Dios es omnipotente, omnipresente, benevolente y amoroso, ¿por qué permite el sufrimiento? Stephen Fry, un actor británico ateo, pregunta cómo creer en un mundo con tanta miseria que no es nuestra culpa. Richard Dawkins, un biólogo, va más allá y describe al Dios del Antiguo Testamento como un personaje desagradable, celoso, orgulloso, maniático, mezquino, injusto y malvado, porque impone condiciones al ser humano y no le da libertad de hacer lo que quiere.

George Bernard Shaw habla sobre cómo se producen los ateos. Él dice que en nueve de cada diez casos, sucede así: una persona amada muere de cáncer o por alguna enfermedad terrible, y después de orar a Dios en vano para que detenga tal crueldad, el doliente repudia indignado la fe. Se vuelve no solo indiferente y escéptico, sino hostil a la religión. Una persona que atraviesa una enfermedad o situación difícil, le pide a Dios que haga algo y, al no ver respuesta, ya no quiere saber nada de Él.

Como cristianos, sabemos que el sufrimiento es real y es parte de nuestra vida porque estamos en una naturaleza caída. El sufrimiento fue importante porque a través de él pudimos relacionarnos con Dios mediante Jesucristo, quien padeció y fue crucificado. Cuando Jesús oraba, dijo: “Señor, si es posible, pasa de mí esta copa”, porque Él, siendo Dios Todopoderoso, nunca había experimentado tal sufrimiento. Dios Padre no le dio otra opción, y así sucede muchas veces en nuestra vida.

En Lucas 21:7, el Señor nos advierte sobre las señales de los últimos tiempos: habrá falsos cristos, guerras, nación contra nación, terremotos, hambres, pestilencias, persecuciones. Todo esto es parte del sufrimiento que viviremos. Hay cuatro explicaciones teológicas para el sufrimiento: la caída, el libre albedrío, la fe y el futuro.

La primera explicación tiene que ver con la caída: hubo una rebelión en el cielo donde Luzbel, un ángel de luz, se rebeló contra Dios queriendo ser como Él. Fue desterrado y llamado Satanás, arrastrando consigo a otros ángeles. Luego vino la caída del hombre: Dios le dio libertad pero con un límite, no comer del árbol prohibido. Satanás engañó al hombre y, como consecuencia del pecado, vino la caída de toda la creación.

En Job capítulo 1 vemos un ejemplo de la batalla espiritual entre el bien y el mal. Job era perfecto y temeroso de Dios, pero apareció el acusador diciendo que Job era así solo porque Dios lo bendecía. Dios permitió que Satanás lo tocara, pero no su vida. Job perdió riquezas, hijos, esposa, todo – pero se refugió en Dios. Esto nos muestra que el diablo tiene poder solo hasta donde Dios le permite.

Hay una batalla espiritual que podemos ver, y el resultado de eso genera sufrimiento. Pero lo que también genera sufrimiento en nuestras vidas es que tenemos libre albedrío. Nosotros, hermanos, no somos máquinas. Hemos hablado antes de la inteligencia artificial, y es algo que veremos cada vez más, con muchas implicaciones éticas. Hasta ahora, la inteligencia artificial es un programa que alguien programa; no tiene libre albedrío. Nosotros sí tenemos la elección de hacer el bien o el mal.

Dios nos hizo así para que elijamos. No nos puso una pistola diciendo “vas a hacer lo que yo te diga”. Podría hacerlo porque él es soberano, pero nos dio elección. Como consecuencia del pecado, hay pecados por comisión, que son aquellos que hacemos en contra de Dios: matar, asesinar, hacer cosas que no están bien. Y hay pecados por omisión, cuando no hacemos las cosas que deberíamos hacer: si Dios me dice que debo predicar su palabra y no lo hago, o que debo orar día y noche y no lo hago.

Dios es un caballero que nos da libertad porque es un Dios de gracia. Él quiere ser ese Dios de gracia para tu vida, está dispuesto a mostrar su amor y bondad. Quiere redimirte, transformarte, quiere que haya redención en tu vida. No solo quiere que seas mejor, sino que alcances la plenitud de Cristo.

El sufrimiento podemos verlo a través de los ojos de la fe porque lo hemos podido ver en la cruz. Primero tienes que tomar tu cruz, como dice el Señor: “Toma tu cruz y sígueme”. Tienes que ir al Gólgota para luego disfrutar del domingo de Gloria. C.S. Lewis, un escritor cristiano, habla del sufrimiento como el megáfono de Dios. Cuando sufres, es como si Dios estuviera hablando en nuestras vidas.

El sufrimiento produce resistencia y carácter, como dice Romanos 5:3-5. Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia prueba, y la prueba esperanza. Es como la almeja que, al sufrir las inclemencias climáticas, produce una perla en su interior. Para que se produzca esa perla, tiene que haber pasado por un proceso exterior.

Dios no es un Dios retribucionista; él es soberano y hace como él quiere. No podemos cuestionarlo diciendo “¿por qué me pasa esto a mí?”. Él nos dice a través de su palabra que no depende de nosotros. A pesar de eso, nos pregunta si queremos dejarlo ser nuestro Dios. El sufrimiento produce disciplina y es una oportunidad para seguir adelante.

Finalmente, hay un futuro donde se hará justicia, como dice Segunda de Tesalonicenses 1:7-10. Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, como promete Apocalipsis 21:1-4, donde Dios enjugará toda lágrima, no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas habrán pasado.

Es interesante ver que se hará justicia. El libro de Filipenses habla de nuevos cuerpos: estos cuerpos corruptibles serán incorruptibles. Surge entonces la pregunta: si hay un futuro tan hermoso, con una tierra nueva y un cielo nuevo, ¿por qué el Señor no lo hace de una vez? ¿Por qué tenemos que estar sufriendo ahora?

La respuesta está en Segunda de Pedro, capítulo 3, versículo 9: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”. El Señor quiere que toda la humanidad reconozca su condición, que todos puedan redimirse y reconciliarse con Él. Por eso retrasa su venida; verdaderamente es un Dios amoroso.

Primera de Corintios, capítulo 2, versículo 9, nos dice algo maravilloso: “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ningún corazón ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman”. Hermano, Dios tiene algo maravilloso preparado para usted, y nadie sabe qué es. Solo Él lo tiene reservado para quienes lo aman.

Surgen preguntas difíciles: ¿Por qué existe el cáncer infantil? ¿Por qué hay guerras y holocaustos? ¿Por qué hay matanzas y dolor? No es fácil responder, pero hay respuestas incorrectas y correctas al sufrimiento. Entre las incorrectas está la amargura: “Yo di mi vida por ti, te entregué mi tiempo, y mira cómo me pagas. Tengo una enfermedad, te llevaste a mi hijo, me quedé sin dinero”.

Otra respuesta incorrecta es la culpa. En el libro de Job, sus amigos le decían: “Te pasa esto porque eres pecador”. Esto tiene que ver con la teología retribucionista: usted hizo algo malo, por lo tanto, paga las consecuencias. Es verdad, pero no es toda la verdad, porque Dios es soberano y nos da su gracia. También está el quejarse, como dice Deuteronomio 6:16: “No tentaréis a Jehová vuestro Dios”.

La respuesta correcta al sufrimiento no está en preguntarnos “¿por qué?”, sino “¿para qué?”. ¿Para qué estoy viviendo esta situación? Hay una esperanza en el futuro: el Señor nos dará una tierra nueva, una vida nueva, hay una promesa de vida eterna. Hay cosas maravillosas que Dios nos da, y usted debe ser parte de la solución, no del problema. Esto tiene que ver con el arrepentimiento y la fe.

Como cristianos, a veces creemos que Dios nos debe algo: “Señor, yo hice esto por ti, juégate conmigo”. Pero Dios no actúa así. Él es un Dios de gracia y amor que va transformando nuestras vidas, moldeando nuestro corazón para que alcancemos la plenitud de Cristo. Muchas veces esa angustia y sufrimiento son parte del proceso para que también podamos consolar a otros.

¿Cómo entiendo el sufrimiento? Primero, porque estamos en un mundo caído; segundo, hay libre albedrío; tercero, la fe nos permitirá entender; y cuarto, porque hay un futuro, una nueva esperanza donde ya no habrá más sufrimiento.

En el libro “Conociendo a Dios” de J.I. Packer, él habla de dos tipos de personas en el mundo. Una persona que ve la vida desde un balcón, observando todo el panorama, la playa, todo lo que está allí, y por lo tanto tiene ciertas inquietudes. La otra persona es la que camina haciendo su recorrido, pensando en tener cuidado al subir una colina, si aparece un animal, si puede torcerse. Packer dice algo muy interesante: el sufrimiento no es una pregunta que exige una respuesta, no es un problema que exige una solución, es un misterio que exige una presencia.

El libro de Isaías 43:2-5 nos dice: “Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas. Yo soy el Señor tu Dios, eres precioso a mis ojos y digno de honra. Yo te amo, no temas porque yo estoy contigo”.

En el libro de Job, capítulo 2, vemos algo tremendo. Cuando Satanás desafía a Dios, el Señor dice: “¿No has considerado a mi siervo Job? No hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Y añade algo clave: “aún retiene su integridad, aunque tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa”. Esto es importante porque en Deuteronomio nos dice que el sufrimiento es consecuencia de desobediencia, pero aquí el Señor está diciendo que Job sufrió no por desobediencia, sino porque Satanás lo incitó.

Dios es un Dios de gracia y soberano que nos da libertad para elegir. La gracia tiene dos caras: la buena, donde Dios perdona nuestros pecados a través de Jesucristo, y la otra cara que no nos gusta tanto, donde Dios nos dice que no se rige por las cosas que hacemos o damos. “Déjame, a pesar de eso, ser un Dios de gracia”, nos dice. Por eso Job termina diciendo: “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven”. Es un Dios maravilloso que está ahí para bendecirnos.

Este es un extracto de la prédica titulada: ¿Porque Dios permite el sufrimiento? del Pastor Sandro.

Te invitamos a ver la prédica completa: aquí