¿Para qué vivimos? Sí, ¿para qué vivimos? ¿Cuál es la función por la cual tenemos vida? ¿Por qué estamos acá? Como dice ahí abajo: "Testigos de Cristo". Es muy importante hacerse esa pregunta. Nosotros, ¿para qué vivimos? ¿Cuál es nuestro rol en la tierra? ¿Cuál es nuestra función como personas?
Es fundamental que como cristianos comprendamos cuál es la misión que tenemos. La misión del cristiano es cumplir la misión de la Iglesia. Y cuando hablamos de la Iglesia, no nos referimos solamente a un lugar físico, sino a la Iglesia de Jesucristo. Por lo tanto, si usted es cristiano y yo soy cristiano, nuestra misión es cumplir la misión de la Iglesia. Esto no lo digo yo, está en la Palabra de Dios. Vamos a ver cómo los cuatro evangelistas nos comparten la visión de la Iglesia, la cual debemos entender y hacer nuestra.
Muchas veces, cuando hablamos de esto, damos gracias a Dios por los misioneros. Una de las características de la iglesia Puerta Abierta es que fue iniciada por un grupo de misioneros asociados con Extreme, lo que permitió que este lugar creciera y fuera de bendición. Con mi esposa estuvimos apoyando a Extreme en Salta y damos gracias a Dios por la iglesia que se estableció allí. Incluso líderes de nuestra JNI (Juventud Nazarena Internacional) viajaron a Ecuador y Colombia, y se abrió la iglesia en Salta. Visité a los pastores, oramos por ellos y fue un tiempo hermoso.
Sin embargo, cuando hablamos de misiones, no se trata solo del ejemplo del misionero que se va a otro país. Hemos tenido varios misioneros que nos han visitado, pero la misión no se limita a eso. Usted puede cumplir su función de misionero en su trabajo, en la facultad o en la escuela. ¿Qué es un misionero? Es quien cumple la misión de la Iglesia. Y nosotros, como cristianos, debemos cumplir esa misión.
Mateo nos habla claramente sobre cuál es la misión de la Iglesia en un versículo muy conocido: Mateo 28:19-20. Si le preguntáramos a Mateo, él diría: "Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".
Mateo plantea que la Iglesia es como una escuela o una academia donde las personas van a aprender. Dice: "id y haced discípulos". Esto implica una enseñanza; si alguien conoce a Dios, es porque otro le habló y compartió con él. No se queda solo ahí, sino que añade: "bautizándolos". Y en el versículo 20 dice: "enseñándoles". Como decía la pastora Mariela, aquí se viene a aprender lo que Dios quiere enseñar. Tuvimos un discipulado para nuevos creyentes que muchos tomaron, y este año realizaremos uno de liderazgo para quienes ya están fundamentados en su fe. Enseñar la sana doctrina es parte del propósito de la Iglesia.
¿Cómo sé qué es lo que Dios me manda? Eso no ocurre por inercia; hay que aprenderlo y alguien debe enseñarlo. Ese es el rol de la Iglesia. Mateo nos dice que el propósito de la Iglesia es enseñar la sana doctrina. Tiene una acción pedagógica, un plan curricular, por así decirlo. Si usted aprende un oficio o carrera, sigue un plan de estudios; en la Iglesia también. Mateo explica que si estamos aquí es porque alguien nos enseñó que estábamos perdidos y así conocimos a Dios. Luego, tras el bautismo, nuestra responsabilidad es enseñar a otros.
Por otro lado, Marcos nos ofrece una perspectiva distinta. Al preguntarle a Marcos sobre la misión de la Iglesia, él nos diría que es algo sobrenatural. Para Marcos, la misión va más allá de la enseñanza: incluye poder, prodigios y milagros. Creo que todos hemos visto milagros de Dios en nuestras vidas, y otros aún están esperando los suyos. Si cada uno diera su testimonio, sería impresionante.
Recuerdo que a mi abuelo, que era militar, le detectaron cáncer de próstata. Sus compañeros que se habían operado habían fallecido, por lo que él no quería operarse. El médico le advirtió que si no lo hacía, moriría. En ese tiempo, me puse a orar: "Señor, tú eres un Dios poderoso". Dios puso en nuestro camino a otro médico que sugirió intentar con una medicación nueva.
Dios, cuando hace las cosas, las hace completas; no se queda a medias. Tras unos meses, al repetir los estudios, los resultados mostraron que no había nada: ni cáncer, ni problemas en la próstata. El médico, asombrado, dijo que era un milagro. Mi abuelo falleció diez años después por un problema cardíaco natural de su edad, no por la próstata. Es impresionante ver los prodigios y milagros de Dios. Seguramente cada uno de ustedes tiene su propia experiencia.
Marcos nos habla de esta vida sobrenatural y nos anima a cultivar una vida devocional intensa. Para experimentar lo sobrenatural como cristianos, debemos fortalecer nuestra relación con Dios. Esto no sucede por arte de magia; requiere oración, búsqueda de Su Palabra y un tiempo devocional constante. Herramientas espirituales como el ayuno, que exploramos el año pasado, nos ayudan a cultivar esa intimidad. Sin este compromiso, es difícil llevar una vida devocional plena.
Veamos lo que dice Marcos 16:17-18: "Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán". Estas señales deben manifestarse en la vida de los hijos de Dios, tal como se cumplió en el libro de Hechos.
¿Creen que estas cosas son posibles hoy o es solo algo imaginario del pasado? La Palabra de Dios es viva, eficaz, más cortante que toda espada de dos filos y permanece para siempre. Si vivimos en lo sobrenatural, aquello que pidamos conforme a Su voluntad recibirá respuesta. A veces oramos y no vemos resultados; ¿será porque pedimos mal o porque no estamos alineados con la misión de Dios? A menudo priorizamos nuestros proyectos personales —estudios, trabajo, familia— pero olvidamos incluir el proyecto de Dios en nuestras vidas. Como cristianos, nuestra misión es la de la Iglesia: conocer la sana doctrina (Mateo) y vivir en lo sobrenatural (Marcos).
Juan nos ofrece otra perspectiva: la misión de la Iglesia se fundamenta en el sacrificio de Cristo y el amor fraternal. Este amor es lo que marca la diferencia. Juan, el discípulo amado, enfatiza que el amor debe extenderse no solo entre creyentes, sino hacia todos. Juan 13:34-35 dice: "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado… En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros".
¿Cómo demostramos que somos discípulos? A través del amor. Sin embargo, humanamente es difícil amar a quien nos trata mal o nos traiciona. Aun así, el Señor nos llama a este amor fraternal porque es lo que nos define como la luz y la sal de la tierra. La misión de la Iglesia, según Juan, es el amor.
El apóstol Pablo complementa esta idea en Efesios 4:28: "El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad". No trabajamos solo para enriquecernos o vivir bien, sino para tener con qué ayudar a los necesitados, sean o no de nuestra fe. Si Dios nos prospera, el propósito es compartir. No se trata de repartir dinero sin sentido, sino de ser generosos con quienes realmente lo necesitan.
Si usted observa una necesidad, tenga la disposición de compartir; eso es lo que el Señor nos enseña. Imaginemos, por ejemplo, que a Wendy la nombran directora de una gran cadena como Jumbo. Si ella tiene esa posición y recuerda esta palabra, sabrá que su misión es compartir con los necesitados. La prosperidad no es solo para el beneficio propio, sino para manifestar el amor fraternal de Dios.
Para quienes no conocen a Dios, esto puede parecer ilógico. He hablado con personas cuyo único objetivo es acumular propiedades y vehículos, y que ante la idea de compartir responden: "Solo comparto con mi familia, ¿por qué con otros?". Quien no tiene a Dios no entiende este principio. Pero nosotros debemos cumplir la misión de la Iglesia, y Juan nos dice que esa misión es amarnos unos a otros a través del servicio y el compartir. Dios lo bendecirá por su generosidad genuina, no por buscar reconocimiento o una foto, como ocurre a veces en la política. Usted, como hijo de Dios, si tiene, es para compartir con el que padece necesidad.
En resumen, la misión de la Iglesia tiene tres perspectivas fundamentales: 1. Mateo (Pedagógica): Enseñar y conocer la sana doctrina. La Biblia no se aprende sola; hay que estudiarla y aprovechar las oportunidades de capacitación que ofrece la Iglesia. 2. Marcos (Sobrenatural): Vivir una vida donde se manifieste el poder de Dios. Como hijos de Dios, debemos ver respuestas a nuestras oraciones y prodigios en nuestro caminar. 3. Juan (Relacional): Practicar el amor fraternal.
Es vital discipular y enseñar, porque aquellos que no conocen a Dios no tienen otra oportunidad después de la muerte; no existe el purgatorio ni una segunda opción. Serán juzgados y, sin Dios, enfrentarán la muerte eterna. Dios lo puso en su edificio, en su oficina o en su barrio con un propósito: ser testigo. A veces nos sumergimos tanto en lo secular que olvidamos que estamos en ese hospital o comercio para ser luz y mostrar el amor de Dios.
Lucas también nos habla de esto en el capítulo 24, versículos 44 en adelante, integrando las visiones de los demás evangelistas. Tras resucitar, Jesús les dijo a sus discípulos: "Estas son las palabras que os hablé… que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos". Con esto, se reafirma la importancia de la enseñanza que mencionaba Mateo. Luego, les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y la sana doctrina.
En el versículo 46 continúa: "Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día". ¿Por qué murió Jesús? Por amor. Aquí Lucas coincide con la visión de Juan. Además, mandó que se predicase en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones.
Finalmente, Lucas concluye: "Y vosotros sois testigos de estas cosas". Esta es la misión integral de la Iglesia: conocer Su Palabra (la sana doctrina de Mateo), experimentar Su amor a través del sacrificio (Juan) y vivir Su poder sobrenatural en la resurrección (Marcos). Somos llamados a ser testigos de todo esto.
Para cumplir nuestra misión, es vital experimentar la resurrección de Cristo en lo sobrenatural. Si oramos y buscamos al Señor, él nos responderá. Sin embargo, si en mi vida no hay enseñanza ni amor fraternal, lo sobrenatural difícilmente se manifestará. Si somos cristianos, nuestro propósito es cumplir la misión de la Iglesia.
Es importante distinguir entre ser un discípulo y ser un testigo. Un discípulo es un aprendiz; alguien que con el tiempo se perfecciona en lo que estudia, ya sea en pastelería, salud o informática. El testigo, en cambio, es alguien que ha tenido una experiencia personal. Jesús dijo: "Vosotros sois testigos de estas cosas", porque ellos habían experimentado Su caminar. No somos testigos porque nuestros padres nos lo contaron o porque vimos un video, sino porque hemos tenido una vivencia real con Dios.
En esa experiencia, hay instrucción y el descubrimiento del amor de Dios, lo cual transforma nuestro egoísmo natural. Las buenas obras complementan la doctrina. En 1 Timoteo 6:18 se nos exhorta: "Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo porvenir, que echen mano de la vida eterna". Ser dadivoso demuestra el amor fraternal.
Además, debemos llevar una vida donde se vean milagros; una vida sobrenatural guiada por el Espíritu Santo. Él es quien marca la diferencia, quien nos guía y nos advierte frente a la codicia o el pecado. En el libro de Hechos (6:3), al elegir a los siete diáconos, se buscaron varones con características alineadas a la misión de la Iglesia: de buen testimonio (comportamiento ejemplar), llenos del Espíritu Santo (vida sobrenatural) y de sabiduría (conocimiento de la Palabra).
La pregunta para nosotros hoy es: ¿Somos testigos de Cristo o estamos escribiendo nuestro propio programa de vida? Este 2026, debemos pedirle al Señor que nos ayude a cumplir la misión de la Iglesia: conocer la sana doctrina, experimentar lo sobrenatural en las pequeñas y grandes cosas, y manifestar Su amor fraternal hacia hermanos y no creyentes.
Ser un testigo implica tener una experiencia personal con Dios. Al entregar nuestra vida al Señor, esa experiencia comienza, pero debemos cuidar la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Como dice la Escritura: "Todo me es lícito, pero no todo me conviene".
Vivimos en una sociedad que ofrece una gran cantidad de distracciones y estilos de vida. Ayer, recorriendo la Cañada con mi esposa e hija, veíamos un movimiento impresionante alrededor de los boliches y bares. En medio de todo ese movimiento, debemos mantener nuestro testimonio. Mi vida tiene que estar reflejando que ha sido transformada.
Usted podría preguntarme: "Pastor, ¿significa que no puedo salir a ningún lado?". No, no se trata de aislarse, ya lo hemos hablado. Usted debe salir y compartir, pero con cuidado de no contaminarse. Es importante conocer nuestras fortalezas y debilidades: si ir a ciertos lugares lo hace vulnerable a caer en tentación, es mejor evitarlos. No le digo que no salga, le digo que se cuide, que preserve su integridad como hijo o hija de Dios. Ser un testigo de Cristo implica vivir una vida coherente con esa identidad, dondequiera que nos encontremos.
Este es un extracto de la prédica titulada “¿Para qué vivimos?”. Te invitamos a ver la prédica completa aquí.


