¿Es la mamá una guerrera?
Cuando hablamos de una guerrera, pueden venirnos muchos pensamientos. ¿Qué se imaginan ustedes, por ejemplo, si digo que la mamá es una guerrera, o que su madre lo es? ¿Qué es lo primero que viene a su cabeza? Una persona luchadora, perseverante, alguien que no se da por vencido. Si hay una batalla o una situación difícil, ella no dice: "Bueno, ya está, ya no tengo nada que hacer". Ella hace algo; siempre hace algo.
¿Qué actitud tendría? Muchas veces deja lo que quisiera hacer o sacrifica cosas personales para poder dárselas a sus hijos. Es fundamental valorar eso. A lo largo de la Biblia, encontramos ejemplos de mujeres abnegadas que han dispuesto su tiempo para sus hijos. Hoy quiero tomar a una mujer muy especial, un ícono bíblico por lo que marcó y el lugar de privilegio que ocupó, siendo la única mujer en hacerlo.
Nos referimos a Débora. Para entender su historia, vamos al libro de Jueces, capítulo 4. El contexto en el que vivía Débora es fascinante. Ella fue la única jueza que tuvo el pueblo de Israel, marcando un hito en su tiempo. Era la representante encargada de regir y tomar decisiones para el pueblo. Antes de ella habían pasado líderes como Moisés y Josué. Tras la muerte de Josué, el pueblo quedó desordenado y sin un líder claro.
Las naciones vecinas empezaron a influir negativamente, y el pueblo de Israel comenzó a hacer lo que no le agradaba a Dios. Se mezclaron con extranjeros, adoptaron la idolatría y adoraron a ídolos falsos. Cayeron en perversiones morales y participaron en robos y hurtos. El pueblo, que había visto milagros de Dios y recibido el maná, se había apartado totalmente de Él.
Como Dios es justo y aborrece el pecado, permitió que las naciones vecinas maltrataran a su pueblo por su desobediencia. Les robaban el ganado, las cosechas y hasta mataban a sus familias. En Jueces 2:12 leemos que dejaron a Jehová, el Dios de sus padres, y provocaron su ira adorando a Baal y a Astarot. En su gran aflicción, cuando ya no sabían qué hacer, volvían a Dios pidiendo misericordia. Es en ese contexto que surge Débora.
Jueces 4:1 relata que, tras la muerte de Aod, los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo. Era un círculo vicioso: se acercaban a Dios, caían en desgracia, clamaban por ayuda, recibían misericordia, y luego volvían a desobedecer. Jehová los entregó en manos de Jabín, rey de Canaán, cuyo capitán era Sísara. Sísara oprimió cruelmente a Israel durante 20 años con sus 900 carros de hierro. Bajo su mandato, las familias sufrían abusos y robos constantes.
En este escenario surge Débora, mujer de Lapidot y profetisa. Ella acostumbraba sentarse bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, y los hijos de Israel acudían a ella para juicio. El Señor puso a una mujer para impartir justicia y señalar lo que estaba mal. Débora marcó al pueblo y los guio hacia una gran victoria. A menudo se la denomina "la madre de Israel" porque tomó esa posición de liderazgo y cuidado sobre la nación.
Ser una "mamá guerrera" implica ciertas características que vemos en Débora. La primera de ellas es la accesibilidad. Débora no gobernaba desde un palacio rodeada de secretarios; ella se sentaba bajo una palmera. Quien necesitaba hablar con ella sabía exactamente dónde encontrarla. No había que presentar cartas ni pasar por múltiples instancias burocráticas como ocurre con los gobernantes actuales.
Estar bajo la palmera simbolizaba su humildad. Estaba allí para servir, sin importar quién fuera la persona que acudía a ella. En estos tiempos, es vital ser personas accesibles, especialmente dentro del hogar. El liderazgo de una mamá o un papá guerrero se demuestra primero en la familia, no en el trabajo ni en la iglesia.
Vivimos en una sociedad con desafíos similares a los de la época de Débora: idolatría, relativismo y pluralismo religioso. Muchos dicen amar a Dios "a su manera", creyendo que todos los caminos conducen a Él. Sin embargo, sabemos que solo hay un camino, que es la verdad y la vida. Frente a este entorno, el rol de la madre dentro del hogar es fundamental para influir positivamente.
Recuerdo cuando mi hija Isabella era pequeña en Tucumán y comenzó la enseñanza de educación sexual en su escuela. Traían a casa una muñeca llamada Pepona, con la que debían jugar y compartir experiencias, tanto niños como niñas. Se enseñaban cosas que sabíamos que no estaban bien. Por eso es tan importante ser accesibles: poder sentarse con un hijo o un familiar a conversar sobre estas realidades sociales.
A veces, el ritmo de vida actual nos aleja de esos momentos familiares. Estamos todos sentados a la mesa, pero cada uno con su celular, en su propio mundo. Es necesario hacer un "ayuno de tecnología" para disfrutar el tiempo que no vuelve. Nadie, al final de su vida, lamenta no haber pasado más tiempo en la oficina; todos lamentamos no haber pasado más tiempo con nuestros seres queridos.
Débora se tomaba ese tiempo para las personas. Incluso en la iglesia, a veces perdemos la comunión por estar pendientes del teléfono. Es vital dedicarle tiempo exclusivo a Dios y a la familia. Recuerdo a mi tía Chicha, una mujer de carácter fuerte pero que amaba a Dios. Su lugar especial era la cocina; allí oraba y nos llamaba para compartir momentos que hoy atesoro profundamente.
La segunda característica de Débora era que estaba vigilante. Su palmera estaba en un lugar elevado, lo que le permitía tener una visión panorámica. En aquella época, sin drones, había que subir a las montañas para detectar enemigos. Espiritualmente, debemos ser vigilantes porque Satanás, el príncipe de este mundo, siempre busca hacernos caer, especialmente si amamos y servimos a Dios.
Ser proactivo significa adelantarse al daño. Debemos vigilar lo que ven nuestros hijos en las redes sociales y estar atentos a las manipulaciones del entorno. Como dice 2 Corintios 2:11, no ignoramos las maquinaciones del enemigo. No se trata de vivir perseguidos, sino de ser responsables y cuidar nuestro matrimonio, nuestra familia y nuestra vida espiritual.
En tercer lugar, Débora utilizó las armas del espíritu. Ella mandó llamar a Barac, el general del ejército, y le dio una orden con autoridad divina: "Ve, junta a tu gente en el monte Tabor… y yo entregaré en tus manos a Sísara". Débora no dio una sugerencia, dio una orden basada en la revelación de Dios. Debemos hablar con esa misma autoridad espiritual, fruto de nuestra relación con el Señor.
Barac se sorprendió, pero obedeció. Sísara, al enterarse, movilizó sus 900 carros de hierro creyéndose invencible. Sin embargo, Dios tenía otros planes. La sabiduría de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guio a Débora. Debemos usar los dones que Dios nos ha dado para ministrar a otros, como buenos administradores de su gracia.
Cuando el ejército de Sísara avanzaba, vino una gran tormenta. La lluvia convirtió la tierra en barro, y los pesados carros de hierro quedaron atrapados. Lo que parecía una ventaja tecnológica para el enemigo se convirtió en su ruina. Sísara huyó y terminó muriendo a manos de otra mujer, Jael. Dios dio una victoria imposible a través de una mujer que supo usar las armas espirituales.
La cuarta lección de Débora es la importancia de la alabanza. Jueces 5 contiene un cántico de Victoria. Alabar al Señor no es solo cantar algo bonito; es un acto de poder que renueva el alma y limpia el corazón. Tras esa victoria y el cántico de Débora, el pueblo tuvo paz durante 40 años. La alabanza nos fortalece en momentos de sufrimiento y nos permite ver la fidelidad de Dios.
Recuerdo el testimonio de nuestra hermana Flor. Ella estaba en una situación desesperada, sin hogar y sin poder hablar. El miércoles pasado, la vimos dando gracias a Dios por cómo la restauró. Ahora estudia en la facultad y recuperó el habla. Ella decidió no subir a un colectivo que luego tuvo un accidente fatal en Chile porque sintió orar al respecto. Ese es el poder de una persona agradecida que ha pasado por la aflicción.
Débora concluye su cántico diciendo: "Las aldeas quedaron abandonadas en Israel… hasta que yo, Débora, me levanté como madre en Israel". No se levantó como jueza ni como profetisa, sino como madre. Ella amaba a su pueblo con un amor que iba más allá del humano; era el amor de Dios. El amor humano es limitado y egoísta, pero el de Dios es sobrenatural y sacrificial.
Para ser una madre guerrera: sé accesible, mantente vigilante, usa tus armas espirituales y no dejes de alabar. Si confías en el Señor, verás grandes victorias en tu vida personal y familiar. Invierte tiempo en el reino de los cielos; eso es lo que realmente perdura. Disfruta de tus seres queridos y de las personas que Dios ha puesto a tu lado. Que la historia de Débora te inspire a levantarte y ser la guerrera que Dios te llamó a ser.
Este es un extracto de la prédica titulada Mama guerrera. Te invitamos a ver la prédica completa aquí.


