Hermano, últimamente he vivido varias situaciones que me hacen pensar en lo que enfrentamos a diario. A veces quiero que algo pase, pero no ocurre. Pasan días, meses, y no veo respuestas; clamo al Señor por un cambio, pero todo parece empeorar. Busco alternativas, otros caminos, pongo mi corazón en ello, pido ayuda, y aun así, nada cambia. Me siento en una sequía, esperando soluciones que no llegan, aunque lo intento todo.
Hoy el Señor me habló de esto. Te cuento: Israel vivía una sequía de tres años y medio sin lluvia, algo duro porque sin agua no hay frutos. Ya hablamos de Eliseo y cómo Dios transformó aguas malas, pero ahora es Elías quien enfrenta esta crisis. El rey Acab, casado con Jezabel, desobedeció a Dios y adoró a Baal, un dios de la naturaleza que no trajo lluvia. Imagínate la ironía: adorar al dios de lo natural y no tener agua.
Entonces, Elías tuvo un encuentro con Acab. Israel estaba dividido en dos reinos, y esto pasaba en el Norte. Elías traía una palabra de Dios para esa sequía. No sé qué estás viviendo, hermano, si llevas años en tu propia sequía o buscas salidas que no funcionan. Hay caminos que ayudan a medias, pero solo Dios completa todo.
En 1 Reyes 18:41, Elías le dice a Acab que viene una gran lluvia. “Sube al Carmelo, ora, y manda a su criado a mirar el mar”. Tras siete veces, aparece una nube pequeña, y pronto llueve fuerte. En Santiago 5:7, se habla de paciencia, como el labrador que espera la lluvia temprana y tardía. Elías ya había profetizado la sequía en 1 Reyes 17:1, y se cumplió. Tres años después, en 1 Reyes 18:1, Dios le dice que hará llover.
Imagínate: sin lluvia, el hambre azotó Samaria. Los ahorros se acabaron, las familias sufrían. Ahí estaba Elías. Hermano, todos pasamos sequías: fracasos en metas, estudios no terminados, relaciones rotas, o familias divididas. Eso duele y seca el corazón. Pero Dios tiene un tiempo para la lluvia, y estoy aprendiendo a esperar en Él.
Elías mandó a su siervo a mirar el mar siete veces, y las primeras seis no vio nada. Sabía que él era hombre de Dios, había visto sus milagros, como vencer a los profetas de Baal, pero la incredulidad ganaba. “No hay nada”. Elías insistió, y aunque dudó, siguió. Dios quería tratar su incredulidad, sus ideas fijas de que nada cambiaría, y sus temores de fallarle. A la séptima vez, vio una nube pequeña, y llovió fuerte. La rutina de no esperar nada se rompió.
Muchas veces me pasa igual: intento cambiar cosas, no veo resultados y pienso que siempre será así. Pero el Señor me enseña que la lluvia llega y bendice. En Salmo 65:9-10, veo cómo riega la tierra, la enriquece y hace crecer todo. En mi sequía, Dios me dice que confíe, que esté atento a su voz, no solo a mis dudas. Me pide subir y mirar, aunque no vea sentido al principio.
En Salmo 84:6, entiendo que Él transforma lágrimas en fuentes cuando llueve. En Isaías 55:10-13, me muestra que su lluvia hace germinar lo que sembré, aunque no lo haya cosechado aún. Su palabra no falla, trae fruto, paz y alegría. Quiero conocerlo más por su palabra y ponerla en práctica. Dios rompe mis conceptos, miedos y rutinas; me bendice y renueva para que siga adelante.
Donde había zarza, ahora crece ciprés; donde ortiga, arrayán. Hermanos, cuando llega la lluvia de Dios, mi vida cambia. Él me bendice, me hace crecer y amplía mi visión. A veces no entiendo sus planes, pero sé que siempre me da nuevas oportunidades. No importa lo que haya hecho, su amor me alcanza; me dio a Jesús para que tenga vida eterna.
Jesús quiere renovar mis campos, quitar la sequía de mi viejo yo y darme un nuevo comienzo. En Salmo 31:5, digo: “En tu mano encomiendo mi espíritu”. ¿A quién le entrego mi vida? No a mis fuerzas ni a otros, sino al Señor que me redimió. Han pasado años de sequía, pero hoy siento que Dios dice: “Basta, algo va a cambiar”. Quiere llenar mi corazón y saciarme.
En Lucas 23:43, Jesús promete al ladrón el paraíso. No importa mis errores, Dios me perdona y me ama tal como soy. Miro mi vida: ¿en quién confío? A veces dependo de mí o de otros, pero nada cambia. Dios tiene algo distinto: una lluvia que transforma. Habrá sequías, sí, pero Él está conmigo.
Ya no quiero ver como el siervo de Elías, diciendo: “No hay nada”. Subí seis veces, rutinario, sin fe, pero a la séptima vi la nube. Dios rompe mi incredulidad y me muestra lo que no veo. Creo en sus milagros, aunque a veces oro y no los acepto cuando llegan. Le digo: “Señor, aquí estoy, quita mi rutina, perdona mis fallas, hazme ver tu obra”.
No quiero perder tiempo. Dios me llama a actuar, a subir esas “siete veces” aunque no vea nada. Elías sabía del milagro; yo debo confiar y seguir. Sufro, me canso, pero sigo hasta ver su bendición. Él me ama y quiere mi vida eterna. Oro por mi familia, invierto en su reino, porque un día rendiré cuentas.
Este es un extracto de la prédica titulada: “LLuvia” del Pastor Sandro. Te invitamos a ver la prédica completa aquí: https://www.youtube.com/watch?v=mtBeEiBeJx0


