Vamos a hablar sobre las alteraciones de la mente. En la Biblia, el Señor nos explica todo lo relacionado con las alteraciones de la mente. Vamos a ir al libro de Génesis, un versículo muy corto, Génesis capítulo 3, versículo 7, que nos habla prácticamente de esto. Es muy interesante cómo la Palabra del Señor aborda las enfermedades mentales y nos muestra qué estrategias podemos usar. Miremos qué dice Génesis 3:7: “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales”. Otra versión dice que ellos se cubrieron, ¿verdad?, o que se hicieron una ropa.
Es interesante porque, si conocemos la historia de la creación en el libro de Génesis, Adán y Eva estaban desnudos y no tenían ningún problema con eso. Pero aquí aparece un sentimiento nuevo: la vergüenza. ¿Por qué apareció? Porque antes estaban desnudos y no sentían nada, pero después del pecado, tras la caída, algo cambió. Ahora sentían vergüenza. Y pensemos: estaban solos, solo ellos dos, no había nadie más, así que no había motivo para sentir vergüenza. La vergüenza tiene que ver con la apariencia, con cómo nos perciben los demás. Muchas veces, uno no quiere pasar vergüenza porque no quiere sentirse mal frente a las personas. Por ejemplo, cuando estás en un grupo o en un lugar, no quieres que te miren raro, no quieres sentirte incómodo. La vergüenza está relacionada con el deseo de ser aceptado en el lugar donde estás.
Algunas personas, por vergüenza, se cubren todo el cuerpo con ropa para que no las miren. Pero, en el otro extremo, hay quienes muestran todo, como diciendo: “No tengo vergüenza”. Sin embargo, en el fondo, esto puede ser una manera de ocultar esa misma vergüenza, una forma de demostrar lo contrario. Por ejemplo, vemos personas que se tatúan el cuerpo o muestran mucho para llamar la atención, para que las vean, diciendo: “Me siento bien así”. Pero, en realidad, buscan ser notados, buscan aceptación. Esto tiene que ver con esos sentimientos que el Señor nos muestra a través de la caída. Así, el primer sentimiento que vemos aquí es la vergüenza, un sentimiento básico en los seres humanos, relacionado con el deseo de ser aceptados y no sentirse mal.
Ahora, sigamos adelante. Vamos al versículo 8 y siguientes: “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto”. Luego, Jehová Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás tú?”. Y él respondió: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí”. Aquí aparece otro sentimiento: el miedo. El miedo es importante, ¿verdad? A veces, uno puede tener miedo por algo concreto. Por ejemplo, si estamos aquí y aparece una tarántula, probablemente saldremos corriendo, ¿no? Eso es un miedo natural. Pero hay personas que tienen miedo de cosas que no saben explicar. Tienen miedo, pero no saben de qué. Es como un trabalenguas: sienten miedo, pero no saben por qué. Ese miedo genera ansiedad, inseguridad, y afecta nuestra vida.
Sigamos con el versículo 12: “Y el hombre respondió: ‘La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’”. Adán le echa la culpa a Eva. Y eso es la culpa. A veces, vemos esto en los niños. Por ejemplo, con mis hijas, Isabela y Alexa, una dice: “No, fue Alexa”, y la otra responde: “No, fue Isabela”. Siempre echando la culpa al otro, ¿verdad? Muchas veces, cuando hablamos con alguien, dice: “No sabes lo que me pasó, me hicieron esto, me hicieron aquello”. Siempre es culpa de los demás. Pero, a veces, nosotros también somos parte del problema, aunque no lo queramos admitir. Entonces, tenemos tres sentimientos clave que la Palabra del Señor nos muestra desde la caída: vergüenza, miedo y culpa.
Estos sentimientos están relacionados con nuestra mente y pueden generar alteraciones, lo que llamamos enfermedades mentales. Esto es importante, hermanos, porque estos sentimientos producen manifestaciones en nuestro cuerpo, y esto está descrito científicamente. En libros de medicina, psiquiatría y psicología se habla de cómo el miedo, por ejemplo, puede causar palpitaciones, aumento de la presión arterial, sensación de opresión en el pecho, como si fuera un infarto. También puede manifestarse como dolor de cabeza, problemas intestinales o dolor de estómago. Y muchas veces, estos síntomas vienen de la culpa. Puedes hacerte estudios médicos, ecografías, tomografías, y todo sale normal, pero sigues sintiendo molestias. ¿Por qué? Porque hay culpa. El intestino, considerado nuestro “segundo cerebro”, refleja estas emociones. Incluso, hay manifestaciones en la piel, como eritemas o urticaria, que están relacionadas con la vergüenza, según la psicología de las enfermedades psicosomáticas. El cuerpo manifiesta lo que la mente no puede expresar, como si “llorara” lo que no podemos llorar. Aunque los estudios médicos digan que estás bien, el problema está en la mente, en los sentimientos que se reflejan en el cuerpo.
Esto también tiene que ver con el plan de Dios, porque Él es un Dios maravilloso y tiene un propósito para nosotros. Si les pregunto: “¿Cómo funciona la mente?”, ¿sabrían responder? No nos enseñan eso, ¿verdad? Sabemos cómo funciona el corazón o cómo respiramos, pero la mente es más compleja. Vamos a simplificarlo. Podemos pensar en la mente como si tuviera tres circuitos, como un sistema eléctrico. Si un circuito se quema, hay otros que lo compensan. Una vez, en la iglesia, tuvimos un problema con la electricidad. Vinieron varios técnicos, pero nadie encontraba el fallo. Finalmente, un ingeniero dijo: “Hay que encontrar los circuitos”. Y así es nuestro cerebro: funciona con circuitos.
El primer circuito está relacionado con la alarma, ubicado en la amígdala, una parte del cerebro. Este circuito te pone en alerta ante un peligro. Por ejemplo, si ves a alguien sospechoso, sientes esa alarma interna que te prepara para reaccionar. Pero cuando este circuito no funciona bien, aparece el miedo. Ese miedo puede hacerte huir o paralizarte. Imagina que la iglesia empieza a moverse, como un terremoto; algunos saldrían corriendo, pero luego, al ver que todo está tranquilo, te preguntas: “¿Qué pasó?”. Ese circuito de alarma te protege, pero si está bloqueado, el miedo se apodera de ti.
El segundo circuito tiene que ver con la búsqueda, el placer y las sensaciones. Este circuito te hace sentir bien. Por ejemplo, ¿a cuántos les gusta ir al campo? ¿Y al shopping? Cuando ves una oferta, como “paga uno y lleva cuatro”, te sientes bien, ¿verdad? O cuando estás en la naturaleza, tomando mate, relajado, ese circuito del placer se activa. Pero si este circuito se bloquea, aparece la vergüenza. Sientes que no estás a la altura, que no encajas.
El tercer circuito está en la corteza prefrontal, en la parte frontal del cerebro. Este circuito equilibra los otros dos. Seguro han oído la frase: “No tiene ni dos dedos de frente”. Esa expresión popular tiene un fundamento, porque la corteza prefrontal regula la alarma y el placer. Si este circuito no funciona, aparece la culpa. Sientes que todo es tu responsabilidad, que todo lo haces mal.
¿Por qué es importante entender estos circuitos? Porque determinan los tipos de personalidad. Hay tres tipos principales: tipo A, tipo B y tipo C. La persona tipo A es explosiva, de carácter fuerte, líder, pero no tolera contradicciones. Tiene el circuito de la alarma muy desarrollado. La persona tipo B es amable, siempre sonriente, nunca dice “no”, pero puede ser manipuladora. Tiene el circuito del placer muy activo. La persona tipo C es perfeccionista, siempre ve lo negativo, nunca está conforme. Su corteza prefrontal no logra equilibrar los otros circuitos, y siente culpa constantemente.
Estos tipos de personalidad están influenciados por la crianza. Los padres, a veces, cometen tres errores que moldean estas personalidades. El primero es el castigo extremo: padres que crían con disciplina severa, con miedo, haciendo que los hijos estén siempre a la defensiva. Esto genera personas tipo A, que viven con miedo. En Efesios 6:4, la Biblia dice: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Hay que criar con amor, no con vara extrema.
El segundo error es hacer pasar vergüenza a los hijos o consentirlos demasiado. Algunos niños crecen yendo de casa en casa, sin estabilidad, o son sobreprotegidos, creyendo que son los mejores sin límites. Esto genera personas tipo B, manipuladoras o con adicciones. La Biblia, en Proverbios, dice que el hijo consentido avergonzará a sus padres. El tercer error es criar con un régimen autoritario, exigiendo perfección. Estos niños crecen con culpa, convirtiéndose en personas tipo C, perfeccionistas pero depresivas.
Entonces, ¿qué debemos hacer como padres? Fomentar confianza, pertenencia y dignidad en nuestros hijos. La confianza implica ser padres y amigos, para que los hijos nos cuenten sus problemas sin miedo. La pertenencia se logra haciendo cosas juntos como familia: ir a comer un helado, visitar a la abuela, compartir momentos. La dignidad implica no decirles: “Eres inútil, no sirves para nada”, sino hacerles sentir que valen, que son capaces. Esto desarrolla resiliencia, la capacidad de enfrentar cualquier situación sin derrumbarse.
Hablemos ahora de las enfermedades mentales. No se trata solo de “locura”, sino de cosas comunes como la depresión, la ansiedad o los ataques de pánico. He hablado con pastores que me han contado casos impactantes, como el de una profesional con un cargo importante en un banco que sufría ansiedad y trastorno bipolar. Tenía delirios, creía que su esposo la engañaba, aunque estaba a su lado. La internaron, recibió medicación y participó en un grupo de apoyo de cristianos con problemas mentales. Esto es real, hermanos. No podemos decir: “Soy cristiano, a mí no me pasa”. Estas cosas son parte de nuestra vida.
La ciencia confirma lo que la Biblia nos enseña desde Génesis 3:7. Los sentimientos de vergüenza, miedo y culpa son reales y se manifiestan en el cuerpo. Las personas tipo A, criadas con miedo, son propensas a sufrir bullying en la escuela, lo que las lleva a la depresión o a ataques de pánico. Sienten que no encajan, que son vulnerables. Las personas tipo B, criadas con consentimiento o inestabilidad, tienden a desarrollar adicciones: comida, juego, sexualidad. Las personas tipo C, criadas con exigencia extrema, sufren depresión y rencor, que incluso puede manifestarse en enfermedades autoinmunes. Un estudio de la Clínica Mayo mostró que el rencor está relacionado con estas enfermedades, pero el perdón puede sanar, como dice el Padre Nuestro: “Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
¿Qué podemos hacer para estar más sanos? Para las personas tipo A, con ataques de pánico, el ejercicio aeróbico es clave. Estudios muestran que el ejercicio tiene un efecto similar o mayor al de los antidepresivos, porque elimina toxinas y genera bienestar. También, ve tu trabajo como una recreación, disfrútalo. Para las personas tipo B, con adicciones, el perdón y honrar a los padres es fundamental. Efesios 6:2-3 dice: “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra”. Honrar a los padres, aunque hayan fallado, trae sanidad. Para las personas tipo C, con depresión, hay que aprender a ver lo positivo, disfrutar los pequeños logros y no enfocarse en lo negativo.
Dios nos creó de manera perfecta, y la familia es clave en Su plan. En Génesis, Adán y Eva vivían en armonía antes de la caída, en mutuo acuerdo. Pero movimientos culturales, como el hippie de los años 70, distorsionaron ese plan con ideas de “amor libre”. Hoy vemos tasas de natalidad más bajas, menos matrimonios, porque las personas buscan evitar compromisos. Pero el plan de Dios es la familia original, donde hay pertenencia y apoyo mutuo.
Finalmente, el Señor nos da una promesa en Isaías 43:2-5: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador. […] No temas, porque yo estoy contigo”. No importa qué estés enfrentando —depresión, ansiedad, adicciones—, Dios está contigo. Él promete cuidarte, protegerte y darte la fuerza para superar cualquier situación.
***Este es un extracto de la prédica titulada: “Las alteraciones de la mente”. Te invitamos a ver la prédica completa click aquí


