La sanidad espiritual

Para alcanzar la sanidad espiritual, debemos estar en sintonía con Dios a través de la obediencia. En el pasaje de Mateo 26:36, vemos a Jesús en Getsemaní con Pedro, Santiago y Juan, atravesando un momento de profunda angustia. Jesús, siendo Dios y hombre, experimentó aflicción y tristeza, mostrándonos que las situaciones difíciles son parte de nuestro camino espiritual.

Como creyentes, no somos de este mundo porque hemos pasado de ser simples conocedores de Dios a ser sus hijos. Esto marca una diferencia fundamental en nuestra vida. Sin embargo, al vivir en un mundo donde Satanás es el príncipe, enfrentaremos aflicciones y situaciones difíciles. Estas pruebas son parte del proceso de madurez espiritual que nos ayuda a entender cosas que quizás no comprendemos en el momento.

A veces nos encontramos con situaciones inesperadas: una enfermedad, la pérdida del trabajo, problemas de vivienda, o noticias que cambian completamente nuestro panorama. Es natural sentirnos tristes y angustiados ante estas circunstancias. Como vemos en Hebreos 2:10, incluso Jesús, siendo perfecto, se perfeccionó a través de las aflicciones en su naturaleza humana.

El ejemplo del apóstol Pedro nos muestra a alguien con gran potencial, que lo dejó todo para seguir a Jesús. Sin embargo, era impulsivo y se dejaba llevar por sus emociones. Como en el episodio donde intentó caminar sobre las aguas pero se hundió por su falta de fe. Al igual que Pedro, somos personas llamadas por Dios con gran potencial, pero con aspectos de nuestra vida que necesitan ser transformados.

Para alcanzar la sanidad espiritual, debemos identificar y trabajar en aquellas áreas internas que nadie más conoce: nuestro carácter, forma de pensar, falta de perdón, o hábitos que se han vuelto parte de nuestra vida pero que no agradan a Dios. Aunque cargar nuestra cruz no sea fácil, es necesario para nuestro crecimiento espiritual. Dios permite estas situaciones para moldearnos y transformarnos, llevándonos a una mayor madurez en nuestra fe.

En Mateo 16, vemos cómo Pedro reconoció a Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios viviente, una revelación que vino directamente del Padre celestial. Sin embargo, este mismo Pedro también atravesó momentos de contradicción. Cuando Jesús anunció su futura muerte y resurrección, Pedro intentó convencerlo de evitar ese destino, provocando que Jesús lo reprendiera diciéndole “Quítate de delante de mí, Satanás”.

También vemos la humanidad de Pedro en el episodio del lavamiento de pies, donde inicialmente rechazó que Jesús le lavara los pies por considerarlo indigno de su maestro. Esta actitud refleja cómo muchas veces ponemos barreras en nuestra vida como mecanismo de defensa. Cuando hemos sido lastimados, construimos muros para protegernos, evitando personas o situaciones que nos han herido, sin darnos cuenta de que estas barreras impiden nuestra sanidad espiritual.

En Lucas 22, encontramos a Pedro declarando estar dispuesto a ir a la cárcel y hasta la muerte por Jesús, pero sabemos que luego lo negó tres veces. Este contraste nos muestra a un hombre que, a pesar de su amor por Dios, experimentaba miedos, angustias y tomaba decisiones equivocadas.

El caso de Job nos ofrece otro ejemplo importante. Era un hombre perfecto y recto, temeroso de Dios, pero atravesó tremendas aflicciones: perdió sus riquezas, sus hijos, su salud. Al final del libro, Job declara que antes había oído de Dios, pero ahora lo había conocido personalmente. Esto nos enseña la diferencia entre conocer a Dios por tradición o enseñanza, y tener un encuentro personal con Él.

Es como en la medicina: hay medicamentos que en dosis bajas son beneficiosos, pero en dosis altas pueden ser tóxicos. Así, Dios, como el mayor médico, permite ciertas “dosis” de pruebas en nuestra vida. No para dañarnos, sino para ayudarnos a entender que no debemos depender de nuestras propias fuerzas sino de Él. Dios nos creó para tener comunión y relación con Él, y a veces permite aflicciones, fracasos, enfermedades, separaciones, rechazos y dolores como parte del proceso de transformación en nuestra vida espiritual.

Dios quiere moldear y transformar nuestras vidas, y para ello, a veces debemos pasar por aflicciones. Como el apóstol Pablo, quien tenía un aguijón en su carne y le pedía al Señor que se lo quitara, pero Dios le respondió: “Bástate mi gracia”. Pablo entendió que debía depender de Dios, pues Su poder se perfecciona en nuestras debilidades.

Para tener sanidad espiritual, primero debemos mantenernos en sintonía con Dios siendo obedientes. Segundo, debemos conocer Su palabra y tratar de pensar como Él piensa. Tercero, debemos experimentar lo que Dios siente a través de la oración. Sin la lectura de la palabra y la oración, es difícil entender y experimentar Su presencia.

A lo largo de nuestra vida desarrollamos hábitos, algunos de los cuales no son buenos para nosotros, nuestra familia, matrimonio, trabajo o relaciones. Estas situaciones pueden generar ansiedad y depresión. De cada diez pacientes, nueve tienen problemas psicológicos, y sin Dios es difícil enfrentarlos. Es importante tener una cosmovisión cristiana, creer en un Dios que nos hizo a Su imagen y semejanza, que nos da esperanza y vida eterna.

El pecado, aunque hoy se hable poco de él, es ir en contra de la voluntad de Dios. Entra principalmente por la vista, cuando somos seducidos por algo que nos atrae. Como dice Efesios 4:27“no deis lugar al diablo”. El pecado es como un asa que le permite al diablo agarrarse de nuestra vida. Debemos tener discernimiento para saber qué está bien y qué está mal.

En Josué 7, vemos cómo el pecado oculto puede impedir que la bendición de Dios se manifieste en nuestra vida. Acán había escondido un manuscrito babilónico y dinero, lo que llevó a la derrota de Israel. El pecado oculto nos lleva al valle de Acor, el valle de dolores y aflicciones.

El Salmo 139:23-24 nos invita a pedirle a Dios que examine nuestro corazón y pruebe nuestros pensamientos. Dios es el mejor psiquiatra porque conoce nuestras emociones, sufrimientos, dolores, ansiedades y miedos. Cuando entregamos nuestra vida al Señor, pasamos de ser personas que conocen a Dios a ser hijos de Dios, y recibimos el regalo del Espíritu Santo. Este Espíritu puede ser contristado o menguado, pero no se va de nuestra vida porque es parte de nuestra nueva naturaleza en Cristo.

Para alcanzar la sanidad espiritual, no necesitamos ser religiosos sino tener una relación genuina con Dios. Él quiere transformar nuestras vidas, pero debemos estar dispuestos a dejar aquello que está dentro de nuestro corazón. Aunque Dios no nos tienta, las tentaciones pueden aparecer en cualquier momento, y si no tenemos cuidado, podemos caer.

Nadie es perfecto excepto Dios, todos somos pecadores. Sin embargo, a través de Su gracia, nos dio la oportunidad de conocerlo. Para ser de bendición a otros, debemos pasar por procesos de aflicción. Si nunca hemos experimentado necesidad, no podremos entender verdaderamente a quienes sufren. Como en mi experiencia personal, cuando estudiaba medicina y pasé por momentos difíciles, vendiendo periódicos y caminando largas distancias porque no tenía dinero.

Cuando Jesús le preguntó tres veces a Pedro “¿me amas?”, correspondía a las tres veces que Pedro lo había negado. Pedro luego escribió cartas donde habla profundamente sobre las pruebas y situaciones difíciles, porque las había vivido personalmente. Dios nos usa para hablar a otros a través de nuestras propias experiencias de aflicción.

En Hebreos 5 vemos que Cristo mismo, en los días de su carne, ofreció ruegos y súplicas con lágrimas, y aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció. El Señor quiere sanar nuestras emociones y darnos nuevas oportunidades. Como en mi experiencia personal en Lima, cuando enfrenté pensamientos suicidas en el balcón, fue la misericordia de Dios la que me mantuvo.

Dios conoce nuestra condición y quiere sanarnos, no solo espiritualmente sino también emocionalmente. No quiere que tomemos malas decisiones. Como el pueblo de Israel usaba flecos en sus túnicas para recordar de dónde Dios los había sacado, nosotros necesitamos recordatorios de Su misericordia. La santidad es la gracia que Dios nos da para amarnos a nosotros mismos, amar a los demás, amar a Dios y hacer lo correcto.

No podemos seguir jugando a ser cristianos con un pie en el mundo y otro en la fe. Debemos dejar los hábitos que nos destruyen y nos apartan de Dios, por más profundos o íntimos que sean. Dios ha venido para darnos vida en abundancia y una nueva oportunidad. Como dice Su palabra, tenemos un abogado en el cielo que es Jesucristo, y si confesamos con nuestros labios, las cosas viejas pasarán y todo será hecho nuevo.

Este es un extracto de la prédica titulada: “La sanidad espiritual” del Pastor Sandro. Te invitamos a ver la prédica completa aquí: https://youtu.be/WgvH3SvUuPY