Muchas veces cuando estamos desanimados o bajoneados tendemos a apartarnos, queriendo estar solos. Esto puede prolongarse y no nos ayuda. El Señor nos enseña que somos parte de un cuerpo, y cuando un miembro sufre, todo el cuerpo se duele. Debemos ayudarnos, consolarnos y darnos ánimo mutuamente, en lugar de ser indiferentes o egoístas. A veces no podemos decir mucho, pero siempre podemos orar por los hermanos que sufren. Es importante estar preparados para la venida del Señor, que llegará como ladrón en la noche. No basta con ser buena persona o hacer buenas obras para salvarse; debemos perseverar en la fe y buscar a Dios cada día. Hay que dedicarle tiempo a Dios, no solo asistir a la iglesia. Cuando comparamos las horas que trabajamos con el tiempo que dedicamos al Señor, la diferencia es enorme. Dios no nos llamó solo para sentarnos y escuchar la palabra; nos llamó para algo más, y cada uno rendirá cuentas ante Él.
Ayer estuve con los jóvenes, compartiendo sobre la importancia de fundamentar nuestra fe. Vimos un corto sobre 21 mártires cristianos en Libia. Vivimos tiempos complicados, donde hay toda clase de pensamientos e ideologías: humanismo, filosofías, políticas, cuestiones de género. También hay diferentes tipos de iglesias: de prosperidad, de sanidad, y algunas que mezclan la palabra de Dios con conductas inapropiadas. Debemos permanecer firmes en lo que Dios nos ha llamado. Quiero hablar sobre vivir la verdad con amor. A veces nos enojamos y tenemos diferencias con otros, pero el amor del Señor debe marcar nuestras vidas. El apóstol Pablo, aun estando preso, se preocupaba por la iglesia y les enseñaba sobre el amor. En Efesios 4:1-16, Pablo ruega a la iglesia que anden como es digno de su llamamiento, con humildad, mansedumbre y soportándose con paciencia unos a otros en amor. Les recuerda que son un solo cuerpo, una unidad, con un Espíritu, una fe y un bautismo.
Pablo explica que Cristo, quien descendió y venció la muerte, constituyó a algunos como apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros para perfeccionar a los santos y edificar el cuerpo de Cristo. El objetivo es llegar a la unidad de la fe y a la medida de la estatura de Cristo, para no ser como niños fluctuantes llevados por cualquier doctrina. Debemos seguir la verdad en amor y crecer en Cristo, quien es la cabeza del cuerpo. Este cuerpo está unido por coyunturas que se ayudan mutuamente, recibiendo su crecimiento para edificarse en amor. Vivir con amor es fundamental para nuestra vida cristiana. La iglesia de Éfeso era importante, con conexiones con el mundo romano y Asia Central. Tenía personas de diferentes trasfondos: judíos, griegos, romanos y filósofos. Pablo les implora que anden dignamente, con humildad y mansedumbre, soportándose con paciencia en amor. El amor es lo que marca la diferencia en nuestras actitudes y permite la unidad.
Pablo habla de guardar la unidad como iglesia, no estar divididos. Como miembros de un cuerpo, debemos sentirnos parte de esta unidad. No es un club social o partido político, sino el cuerpo de Cristo. Debemos soportarnos unos a otros con amor, porque no somos perfectos. Pablo usa el concepto de “coyunturas” del pasaje de Ezequiel sobre el valle de los huesos secos. Las coyunturas son elementos que unen los huesos, ligamentos y músculos. Si faltan, no hay unión ni movimiento. A veces nuestras vidas pueden parecer un valle de huesos secos: el trabajo, la familia, las relaciones personales o incluso la iglesia. Es importante estar unidos como coyunturas en el cuerpo de Cristo. Un cuerpo sin algunas partes funciona con dificultad. Debemos entender que somos parte de un cuerpo y estar unidos, dejando de lado el egoísmo para vivir con amor.
Así como en el pasaje de Ezequiel los huesos secos cobraron vida, nosotros debemos tener vida y disfrutar lo que Dios nos ha dado. El Señor viene pronto y debemos estar preparados en nuestro corazón, trabajando como cuerpo. Es más llevadero enfrentar situaciones difíciles juntos que solos. Nuestra vida debe reflejar amor. Lo que hagamos debe ser para el Señor, no para recibir reconocimiento. Compartí una experiencia personal cuando no me renovaron mi licencia ministerial. En lugar de desanimarme, eso fortaleció mi fe. Dios conoce nuestro corazón y nuestro testimonio es lo que importa. Debemos preguntarnos a quién servimos: ¿a los hombres o a Dios? Si servimos a Dios, querremos estar donde Él está. El Señor nos llamó no solo a ser salvos sino también a hacer discípulos. Les propongo un desafío: orar por una persona esta semana y compartirle el amor de Dios. Aprovechemos la libertad que tenemos para adorar, mientras en otros lugares los cristianos son perseguidos. Somos parte del reino de Dios y debemos amar a Dios con todo nuestro corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Solo con el amor de Dios podemos amar incluso a quienes nos han hecho daño. Debemos estar unidos en el amor de Dios, pedir perdón cuando sea necesario y vivir reflejando Su amor al mundo.
***Este es un extracto de la prédica titulada: “Vivir la verdad con amor”. Te invitamos a ver la prédica completa: aquí


