Escuchar la voz de Dios
Vamos a hablar un poco sobre la importancia de escuchar la voz de Dios. Creo que es fundamental reflexionar sobre las experiencias que vivimos, ¿verdad? Yo estaba pasando por un momento muy difícil, y no quiero entrar en detalles personales, pero estaba realmente mal, con el corazón apesadumbrado, con problemas personales y en la iglesia. Había trabajado durante mucho tiempo como copastor en una obra que finalmente terminó. Éramos muchos en esa comunidad, pero el pastor principal ya no estaba, y yo me quedé solo. Era una situación triste, ¿no? A eso se sumaban problemas personales y familiares. En esos momentos, uno se pregunta: ¿qué hago? Aunque tengas a alguien con quien hablar, como un pastor o amigos, cada persona enfrenta las dificultades de manera diferente.
En mi caso, necesitaba que Dios me hablara, que me confirmara si lo que había hecho era correcto o no. Fue entonces cuando recibí una palabra que bendijo mi vida. Creo que alguna vez les compartí algo al respecto. Todo esto tiene que ver con tener un corazón dispuesto a escuchar la voz de Dios. ¡Qué importante es cultivar un corazón abierto a Su voz! En ese proceso, recordé una palabra que leí y que me marcó profundamente. Fui a un lugar buscando que Dios me hablara, y allí compartieron esa palabra. Luego, en otro lugar, volví a escuchar algo similar y pensé: “No, esto no puede ser casualidad”. En momentos complicados, en situaciones difíciles, siempre me recuerda que debo escuchar la voz de Dios. Como iglesia, y como individuos, necesitamos escuchar Su voz.
1 Samuel 3:1 – “El joven Samuel ministraba a Jehová en presencia de Elí, y la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia.”
Vamos a ir al libro de Primera de Samuel, capítulo 3. Es una historia muy conocida, que muchos hemos oído desde la escuela dominical o incluso hemos visto en películas. Qué interesante, ¿verdad? Dice que la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días. Esto significa que la presencia de Dios no estaba manifiesta en ese lugar. El pueblo de Israel no veía que Dios hablara, no percibía Su presencia. Imagínense estar orando, participando en un tiempo de alabanza y adoración, como los que disfrutamos hoy, pero sentir que algo falta en el corazón. Si amas al Señor, cuando cantas una alabanza o lo adoras, tu corazón se moviliza porque Dios usa esos momentos. Pero si estás distraído, o hay pecado en tu vida, no disfrutas ese tiempo. Puedes aburrirte, sentir dolor de cabeza y pensar: “¿Cuándo termina esto?”.
La Biblia dice que la palabra de Jehová escaseaba porque, probablemente, el pueblo no hacía lo que Dios quería. Cuando la presencia de Dios no está en nuestras vidas, nos comportamos como hombres naturales. Podemos enojarnos, responder mal o actuar sin la guía de Dios. En esos días, la presencia de Dios estaba ausente, y eso es algo triste.
1 Samuel 3:2-4 – “Aconteció que, estando Elí acostado en su aposento (sus ojos comenzaban a oscurecerse de modo que no podía ver), y antes que la lámpara de Dios fuera apagada, Samuel estaba durmiendo en el templo de Jehová, donde estaba el arca de Dios. Entonces Jehová llamó a Samuel, y él respondió: ‘Heme aquí’.”
Samuel estaba en el templo, cerca del arca, el lugar donde residía la presencia de Dios en el Antiguo Testamento. Él se preparaba para ser sacerdote, pero aún no había tenido un encuentro personal con Dios.
La llamada de Dios a Samuel
Sigamos con el relato. Samuel, al escuchar que lo llamaban, corrió a Elí y le dijo: “Heme aquí, ¿para qué me llamaste?” Pero Elí respondió: “Yo no he llamado, vuelve y acuéstate.” Samuel obedeció y se acostó. Entonces, Dios lo llamó nuevamente: “¡Samuel!” Él se levantó, fue a Elí y le dijo: “Heme aquí, ¿para qué me has llamado?” Elí, una vez más, le dijo: “Hijo mío, yo no he llamado, vuelve y acuéstate.”
1 Samuel 3:7 – “Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada.”
Aquí hay un detalle importante: Aunque Samuel se preparaba para ser sacerdote y conocía la Torá, no había tenido un encuentro personal con Dios. Él sabía mucho de la palabra, pero no la había experimentado como una revelación viva en su corazón.
Esto nos pasa a veces. Podemos leer la Biblia, saber lo que dice, pero cuando la palabra de Dios se hace carne en nuestra vida, cuando se convierte en una revelación, marca una diferencia. Nos lleva a decir: “No, esto no lo puedo hacer porque va contra lo que Dios ha puesto en mí.” Sin esa revelación, podemos escuchar la palabra, pero no la vivimos, y seguimos actuando como si nada. En el tiempo de Samuel, en el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo no habitaba en las personas como en el Nuevo Testamento, pero la presencia de Dios estaba allí, en el arca. Sin embargo, Samuel aún no había conocido a Dios de manera personal.
Jehová llamó a Samuel por tercera vez, y él, nuevamente, fue a Elí: “Heme aquí, ¿para qué me has llamado?” Entonces Elí entendió que era Dios quien lo estaba llamando. Le dijo a Samuel: “Ve y acuéstate, y si te llama, dirás: ‘Habla, Jehová, porque tu siervo oye’.” Samuel obedeció, se acostó y esperó. Entonces, Dios vino, se presentó y lo llamó: “¡Samuel, Samuel!” Y él respondió: “Habla, porque tu siervo oye.” ¡Gloria a Dios! Qué momento tan poderoso.
Aquí vemos que Dios estaba llamando a Samuel, pero él no lo reconocía porque aún no había aprendido a discernir Su voz. Elí, aunque era el sumo sacerdote, no estaba cumpliendo plenamente su propósito, y la palabra de Dios escaseaba por esa razón.
Muchas veces, estamos tan ocupados con nuestras actividades, corriendo de un lado a otro, que no nos damos cuenta de que Dios nos está hablando. La sociedad nos presiona con horarios, trabajos, estudios, y nos mantiene en una carrera constante. Pero para escuchar la voz de Dios, debemos detenernos, como lo hizo Samuel. Él volvió a su lugar, se acostó y esperó. Dios tiene planes para nuestras vidas, y quiere hablar a nuestro corazón, incluso si ya conocemos Su palabra o servimos en la iglesia. Conocer la Biblia o tener un título no garantiza que escuchemos Su voz.
Recuerdo a alguien que me preguntó: “¿Qué necesito para ser pastor? ¿A quién hay que pagar?” Le respondí: “Primero, debes tener un encuentro con Dios y entender lo que Él quiere para tu vida.” No se trata de contactos o títulos, sino de una relación viva con Dios.
La revelación y el propósito de Dios
1 Samuel 3:11 – “Jehová dijo a Samuel: ‘He aquí, haré una cosa en Israel que a quien la oyere le retiñirán ambos oídos. Aquel día cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin’.”
Dios reveló a Samuel que juzgaría la casa de Elí por la iniquidad de sus hijos, a quienes él no corrigió. Esto nos enseña algo importante: como padres, líderes o creyentes, debemos ser responsables. A veces, queremos proteger a nuestros hijos o seres queridos, pero si no corregimos lo que está mal, puede traer consecuencias. Elí, a pesar de ser el sumo sacerdote, no estaba en sintonía con Dios, y por eso la palabra escaseaba.
Samuel, temeroso, no quería contarle a Elí lo que Dios le había dicho, pero Elí insistió: “Te ruego que no me encubras lo que Dios te habló.” Samuel, como buen discípulo, le contó todo sin ocultar nada. Elí respondió: “Jehová es; haga lo que bien le pareciere.” No mostró arrepentimiento, solo aceptó la voluntad de Dios.
1 Samuel 3:19 – “Samuel creció, y Jehová estaba con él, y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras.”
Todo lo que Samuel hacía prosperaba porque Dios estaba con él. Cuando escuchamos la voz de Dios, Él nos respalda, nos bendice y usa nuestra vida para bendecir a otros.
Hermanos, escuchar la voz de Dios requiere detenernos, buscar consejo de personas espirituales y esperar Su revelación. No se trata solo de ser religiosos o cumplir con rituales; es tener un encuentro personal con Dios. Él nos llama por nuestro nombre, como llamó a Samuel, y quiere transformar nuestras vidas.
Preguntémonos: ¿Estamos escuchando Su voz? ¿O estamos tan ocupados que no la percibimos? Apaguemos las distracciones, busquemos a Dios con un corazón dispuesto y dejemos que Él nos hable. Cuando lo hacemos, nuestra vida cambia, y Dios está con nosotros en todo lo que hacemos.
Este es un extracto de la prédica titulada: “Escuchar la voz de Dios”.
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