¡Qué interesante, verdad! Si buscamos en internet, encontramos conferencias, charlas de superación personal, capacitaciones y muchos recursos que nos ayudan a crecer como seres humanos. Todo esto está muy bien, porque nos permite mejorar en diferentes aspectos de nuestra vida. Sin embargo, llega un punto en el que enfrentamos limitaciones. Hay cosas que no podemos manejar, incluso con el mejor conocimiento o las mejores intenciones.
Por ejemplo, en el ámbito de la medicina, que ha avanzado enormemente, puede llegar un momento en que, ante una enfermedad terminal, los médicos nos digan: “Ya no se puede hacer nada”. Entonces, ¿dónde queda la vida victoriosa? ¿Dónde está la libertad que tanto anhelamos? Es en ese momento donde Dios comienza a obrar a través de su Espíritu Santo.
Antes de que existiéramos, antes de que el hombre fuera creado, la presencia de Dios ya estaba. Qué interesante, ¿verdad?
Fíjense, aún no existía el hombre ni los seres vivientes, pero el Espíritu de Dios ya estaba presente, moviéndose sobre las aguas. Esto nos muestra que el Espíritu Santo ha estado activo desde el principio.
A lo largo del Antiguo Testamento, vemos cómo Dios se manifestaba a través de su Espíritu en las personas. Por ejemplo, el rey David decía: “Señor, si tu Espíritu no está conmigo, no quiero ir a ningún lugar. Sin tu Espíritu, no puedo ser feliz ni disfrutar de nada”. David entendía que, sin el Espíritu de Dios, no podía lograr lo que deseaba y podía caer en cualquier momento.
¡Qué tremendo! Dios promete transformar nuestro corazón duro, ese que no se conmueve, que solo piensa en sí mismo, en un corazón sensible y lleno de vida.
Muchas veces, en nuestra vida, tenemos un corazón endurecido. No nos importa el dolor del otro, actuamos según nuestros deseos, sin considerar a los demás. El pueblo de Israel, a pesar de los milagros que Dios hizo por ellos, a menudo mostraba un corazón duro. Cuando no veían respuestas inmediatas, decían: “¿Dónde está Dios?”.
Cuando Dios habla, sus promesas se hacen realidad, aunque a veces no lo entendamos porque su Espíritu es real y se manifiesta en nuestras vidas.
En el Nuevo Testamento, vemos cómo el Espíritu Santo se derrama de manera poderosa.
¿Para qué recibimos el Espíritu Santo? Para ser testigos de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas. Si tenemos el Espíritu Santo, debemos dar testimonio de su obra. La pregunta es: ¿somos testigos de lo que Dios ha hecho en nosotros?
El Espíritu Santo se manifestaba de forma poderosa. En Hechos 4:8, vemos a Pedro, lleno del Espíritu Santo, hablando con autoridad a los gobernantes y ancianos de Israel. ¿Por qué estaba lleno del Espíritu Santo? No para presumir de poder, sino para ser testigo de lo que Dios había hecho. Como resultado de su predicación, miles de personas recibieron al Señor.
Ser llenos del Espíritu Santo marca la diferencia en nuestra vida.
Tal vez alguien diga: “Pastor, estoy bien, no estoy haciendo nada malo”. Pero la pregunta es: ¿estás viviendo una vida victoriosa? ¿Estás alcanzando lo que Dios tiene para ti? Esto no es algo que se logra una sola vez; es un proceso diario. Hoy puedes estar bien, pero en una semana, una situación personal puede cambiar todo, y de repente no quieres ni hablar de Dios.
Aunque ames a Dios y lo busques, un impacto fuerte puede hacer que dudes y escuches voces que te dicen: “¿Para qué fuiste a la iglesia? ¿Para qué sirves a Dios?” Por eso es crucial estar llenos del Espíritu Santo y entender por qué lo necesitamos en nuestra vida.
Ananías escuchó la voz de Dios porque tenía el Espíritu Santo. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿a quién escuchamos? ¿A los hombres, a nuestro corazón endurecido, o a Dios?
El Espíritu Santo no es para cualquiera que haga cosas buenas o parezca “buenito”. Es para quienes obedecen a Dios, no a sus propios intereses o egoísmos.
La carne nos empuja a no levantarnos temprano, a no ir a la iglesia, a no buscar a Dios. Es una lucha real, incluso para quienes conocemos a Dios.
Aunque creamos que lo tenemos todo —profesión, salud, dinero—, sin Dios, estamos vacíos. Necesitamos discernir si lo que sentimos o pensamos viene de Dios.
¿Cómo sabemos si un espíritu es de Dios? El Espíritu de Dios es de amor, valor, compasión, mansedumbre, humildad y obediencia. En cambio, el espíritu que no es de Dios produce temor, vergüenza, control, manipulación, fuerza, rebeldía y orgullo.
Jesús no dice: “Soy orgulloso, hago lo que quiero”. Nos invita a aprender de su mansedumbre y humildad.
Para discernir los espíritus, debemos seguir estos pasos:
- Identificar de dónde viene el espíritu. Si es de ansiedad, impaciencia o rebeldía, no es de Dios.
- Arrepentirnos y confesar.
- Buscar ser llenos del Espíritu Santo, pidiendo el espíritu opuesto.
- Preguntar: “Señor, ¿qué quieres que haga?”
- Obedecer con gozo.
Un matrimonio cristiano tenía un hijo que, al independizarse, se involucró con malas compañías, drogas y alcohol. Aunque sus padres oraron por él durante años, no veían cambios. Sin embargo, persistieron. Un día, el hijo pidió a su padre hacer deporte juntos. Esto llevó a que oraran y leyeran la Biblia juntos de lunes a viernes durante dos años. A pesar de esto, el hijo seguía en su vida de excesos. Pero un día, en una actividad evangelística, un predicador joven compartió la palabra, y el hijo entregó su vida a Dios. Hoy sirve en la iglesia. La perseverancia de los padres y su obediencia a Dios hicieron la diferencia.
Somos templos del Espíritu Santo y debemos cuidarlo. En Mateo 12:43-45, Jesús habla de un espíritu inmundo que sale de un hombre, pero al volver encuentra la casa “desocupada, barrida y adornada”. Si no está ocupada por Cristo, otros espíritus peores pueden entrar.
Nuestra vida puede estar limpia (sin pecados evidentes) y adornada (haciendo cosas buenas), pero si Cristo no ocupa el centro, estamos en riesgo. Para que Cristo ocupe nuestra vida, debemos obedecer su palabra, orar, congregarnos y entregar todos los espacios de nuestro corazón a Dios.
Debemos discernir si un espíritu es de Dios, que trae amor y humildad, o de Satanás, que produce temor, vergüenza y orgullo.
Oré durante años por mi abuelo, un hombre duro y tradicional. En una visita a Lima, sentí que Dios me decía: “Háblale de mí”. A pesar de las dificultades, le compartí el evangelio, y él, por primera vez, lloró y aceptó a Jesús como su Salvador. Dos meses después, falleció. Si no hubiera obedecido, habría perdido esa oportunidad.
Una mujer cuyo esposo, aunque cristiano, se había alejado y vivía en otro lugar. Una noche, cuando él llegó tarde, Dios le dijo: “Arréglate para tu esposo”. A pesar de las voces de resentimiento, obedeció, preparó comida y lo trató con amor. Aunque él fue indiferente al principio, Dios le habló: “Has sido fiel, pídeme lo que quieras”. Ella pidió compasión para su esposo, y esa noche él la invitó a salir. Ese fue el comienzo de la restauración de su matrimonio, que ahora sirve a otras familias.
Tenemos la victoria en Jesús, pero debemos ser llenos del Espíritu Santo.
Dios nos guía, pero debemos escuchar su voz, obedecer y vivir una vida victoriosa llena de su Espíritu.
Este es un extracto de la prédica titulada: “Es posible tener una vida victoriosa”.
Te invitamos a ver la prédica completa:
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