¿Es la fortaleza de Dios nuestra fortaleza?

El concepto de la conducta cristiana es uno de los pilares más importantes que debemos comprender como hijos de Dios. El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, nos habla de manera muy puntual sobre este tema, centrándose especialmente en el amor. No se trata simplemente de una etiqueta o una declaración de fe superficial —decir "sí, soy hijo de Dios"— sino de una vivencia práctica. La conducta cristiana, y más específicamente el amor, debe manifestarse en acciones concretas y no solo en palabras. En este sentido, es fundamental no solo entender los preceptos bíblicos, sino integrarlos en nuestro quehacer diario, permitiendo que la fe trascienda los muros de la iglesia y se convierta en un estilo de vida coherente. El amor es el eje central de esta conducta, y su primera manifestación, según nos enseña el apóstol, debe ser hacia nuestros propios hermanos en la fe —la familia de Cristo—.

El Amor Sin Fingimiento y la Diligencia

En Romanos capítulo 12, versículo 9, se nos presenta una instrucción directa: "El amor sea sin fingimiento". Esto significa que el afecto que mostramos debe ser real y auténtico. No debe fundamentarse en apariencias ni en una cortesía vacía que por fuera dice "te quiero" pero por dentro alberga rechazo. El mandato bíblico nos insta a aborrecer lo malo y seguir lo bueno. En el contexto de la comunidad cristiana, esto implica que expresiones como "Dios te bendiga" deben ser sinceras y no meros modismos religiosos o costumbres adoptadas por religiosidad. Pablo nos advierte contra el uso de fórmulas vacías y nos llama a un compromiso genuino con el bienestar del otro. El versículo 10 profundiza en esta idea exhortándonos a "amarnos los unos a los otros con amor fraternal", lo que implica un vínculo profundo, casi de consanguinidad espiritual, donde además debemos darnos honra prefiriéndonos los unos a los otros. Es un llamado a la humildad y al reconocimiento del valor de nuestro hermano por encima del propio.

Esta disposición de servicio y amor debe ir acompañada de una actitud activa. Pablo señala en el versículo 11 que, en lo que requiere diligencia, no debemos ser perezosos. La diligencia se refiere a nuestro quehacer cotidiano: el trabajo, la vida familiar, el trato con los amigos y nuestras responsabilidades diarias. Se nos llama a ser "fervientes en espíritu, sirviendo al Señor". Esto significa que cada actividad que realizamos, por cotidiana que sea —como preparar la comida o caminar por la calle— debe hacerse con un espíritu encendido y con la conciencia de que estamos sirviendo a Dios. El servicio al Señor no queda restringido al tiempo que pasamos en el templo; es una actitud constante que debe impregnar todas nuestras facetas. Además, se nos anima a estar "gozosos en la esperanza, sufridos en la tribulación y constantes en la oración", como se lee en el versículo 12. El gozo no depende de las circunstancias externas, que a veces pueden ser injustas o molestas, sino de la esperanza interna en Dios. La oración constante por su parte es el motor que nos permite mantener esa estabilidad, hablando con Dios con la naturalidad con la que se habla con un amigo sobre cualquier asunto, por pequeño que sea.

Hospitalidad y Empatía en la Comunidad

Asimismo, la conducta cristiana se manifiesta en la generosidad y la empatía. El versículo 13 nos pide compartir para las necesidades de los santos y practicar la hospitalidad. Ser hospitalario implica tener empatía, especialmente con aquellos que se sienten extraños o ignorados. Es fundamental que como iglesia mostremos una acogida real, no solo centrada en nuestro propio círculo, sino abierta a todos los que forman parte del cuerpo de Cristo. La iglesia puede verse como un "laboratorio" de vida; es el lugar donde ensayamos y aprendemos todas estas dinámicas de amor y paciencia para luego poder aplicarlas afuera, en el mundo secular, con las personas que no conocen a Dios o que incluso se declaran autosuficientes. Allí fuera es donde nuestro testimonio cobra su mayor relevancia, enfrentándonos a visiones del mundo que a menudo rechazan la existencia de Dios debido a experiencias de dolor o maltrato. Nuestra respuesta en esos entornos debe ser el reflejo del amor que hemos cultivado en comunidad.

Finalmente, Pablo aborda el reto de las relaciones interpersonales con aquellos que no comparten nuestra fe o que incluso nos han causado daño. En el versículo 14 se nos exige "bendecir a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis". Esto es lo que verdaderamente nos diferencia como hijos de Dios. No se trata de ser pasivos o ingenuos, sino de confiar en la justicia divina mientras nosotros mantenemos una actitud de bendición. Se nos llama a la empatía radical: "gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran" (versículo 15). Debemos ser capaces de celebrar genuinamente los éxitos ajenos y de acompañar honestamente en el sufrimiento sin juicios. La humildad debe prevalecer, evitando la altivez y asociándonos con los humildes, sin creernos sabios en nuestra propia opinión (versículo 16). No debemos pagar mal por mal, sino procurar lo bueno delante de todos los hombres, convirtiéndonos en esa luz del mundo y sal de la tierra que Jesús nos encomendó ser. Aunque este camino no sea fácil ni automático, es la meta a la que debemos aspirar para ser verdaderos testigos del Reino en cada lugar donde nos encontremos.

Ciudadanía Cristiana y el Respeto a la Autoridad

Este amor debe extenderse también a nuestra relación con el Estado y las autoridades. En Romanos capítulo 13, se nos enseña que toda persona debe someterse a las autoridades superiores, pues estas han sido establecidas por Dios para mantener el orden social. Como cristianos, nuestra conducta cívica es parte de nuestro testimonio. No podemos usar nuestra libertad espiritual como excusa para ignorar las leyes o faltar al respeto a quienes ejercen la autoridad. Si nos oponemos al orden establecido legítimamente, nos estamos oponiendo a un principio puesto por Dios. El propósito del Estado debe ser premiar a quienes hacen el bien y reprimir a quienes hacen el mal. Aunque en nuestra realidad a veces veamos injusticias o favoritismos que desvían este propósito, nuestra responsabilidad sigue siendo ser ciudadanos ejemplares, pagando nuestros impuestos y cumpliendo con nuestras obligaciones civiles "no solo por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia" (Romanos 13:5). El amor al prójimo se traduce aquí en respeto a la convivencia y en el cumplimiento de la ley como una forma de servicio a la sociedad.

En resumen, el cumplimiento de la ley es el amor. Pablo nos recuerda que mandamientos como "no adulterarás", "no matarás", "no hurtarás" y "no codiciarás" se resumen en la sentencia: "amarás a tu prójimo como a ti mismo". El amor no hace mal al prójimo y es por tanto la plenitud de toda norma. Vivimos en tiempos que el apóstol describe como decisivos, donde la salvación está más cerca que cuando creímos. Se nos urge a "desechar las obras de las tinieblas y vestirnos las armas de la luz", viviendo honestamente y revistiéndonos del Señor Jesucristo sin dar lugar a los deseos de la carne que la sociedad a menudo normaliza. Este amor fraternal, real y sacrificado, es lo que finalmente permitirá que todos reconozcan que somos discípulos de Cristo. Que este sea un compromiso de vida: amar como Él nos amó, transformando nuestro corazón y nuestra conducta para ser un reflejo auténtico de su gracia en la iglesia, en la familia y en la sociedad entera.


Este es un extracto de la prédica titulada “¿Es la fortaleza de Dios nuestra fortaleza?”. Te invitamos a ver la prédica completa aquí.