Estamos reflexionando sobre cómo vivir en tiempos difíciles y peligrosos, y el Señor nos habla a través de su palabra en Primera de Pedro, capítulo 1, versículo 3. Nos dice: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva”. Esta carta fue escrita en el año 64 después de Cristo, cuando la iglesia estaba pasando por momentos muy difíciles. El apóstol Pedro escribía a las nuevas iglesias y a los nuevos creyentes que empezaban a conocer al Señor en tiempos de persecución y dificultad.
En Mateo capítulo 24, el Señor Jesús nos advierte sobre estos tiempos. Nos dice que vendrán muchos en su nombre diciendo “Yo soy el Cristo” y engañarán a muchos. Habrá guerras y rumores de guerras, se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá hambres y terremotos en diferentes lugares, y todo esto será principio de dolores. Nos entregarán a tribulación, nos matarán y seremos aborrecidos por todas las gentes por causa de su nombre. Muchos tropezarán, se aborrecerán unos a otros, y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Pero el que persevere hasta el fin, este será salvo.
Estas situaciones las podemos ver hoy en día: problemas económicos, aumentos de precios, impuestos, incendios como los que están pasando en la sierra, las inundaciones que hubo en Brasil, el conflicto entre Rusia y Ucrania, la situación en Israel. El Señor Jesús nos dijo que esto es solo el principio de los dolores.
El apóstol Pablo también habla a Timoteo sobre estos tiempos peligrosos. Nos advierte que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, calumniadores, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, que tendrán apariencia de piedad pero negarán su eficacia.
Lo vemos en nuestro trabajo, donde quizás alguien nos da una palmada amistosa pero luego habla mal de nosotros con el jefe, o nos involucran en situaciones que no hicimos. También lo experimentamos en situaciones personales que han dañado nuestra vida, con familiares o amigos que nos han desilusionado, o en situaciones de enfermedad donde la medicina no puede hacer nada.
Frente a estos tiempos difíciles y peligrosos, lo primero que debemos hacer es poner nuestra esperanza en la promesa de Dios. Como nos dice Primera de Pedro 1:3, Dios en su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva. Esta no es una esperanza muerta o temporal, sino una esperanza real y viva en Cristo Jesús.
Debemos tener esperanza en la promesa de Dios, aunque muchas veces ponemos nuestra esperanza en otras cosas: en nuestro jefe que promete un ascenso, en nuestras capacidades y estudios, o en personas que prometen ayudarnos. Lo importante es que en estos tiempos pongamos nuestra esperanza en la promesa de Dios, que es poner la esperanza en Jesús. No debemos esperanzarnos en que la sociedad mejore o en tener gobiernos más justos – nuestra esperanza debe estar en Cristo.
Segundo, debemos buscar y desear a Dios en lugar de buscar soluciones por nosotros mismos. Como dice Primera de Pedro 2, debemos desechar toda malicia, engaño, hipocresía y envidias, y desear como niños recién nacidos la leche espiritual no adulterada. Sabemos que el Señor vendrá como ladrón en la noche, nadie sabe la hora ni el momento, y todos seremos juzgados. Por eso es importante que en estos tiempos difíciles busquemos a Dios a través de su Palabra y la oración. Debemos orar sin cesar, dedicar tiempo verdadero a la oración, no solo un “Señor, bendice mi vida” apresurado.
Tercero, no debemos olvidar nuestra responsabilidad como pueblo de Dios. No somos cualquier cosa – somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. No es una simple religiosidad, porque creemos en un Dios vivo. A diferencia de otras religiones donde sus representantes murieron, Cristo resucitó y está vivo, eso es lo que nos hace diferentes.
Como iglesia, debemos ser todos de un mismo sentir: compasivos, amándonos fraternalmente, misericordiosos y amigables. No debemos devolver mal por mal ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendecir, sabiendo que fuimos llamados para heredar bendición.
En los momentos difíciles y peligrosos, el Salmo 46 nos recuerda que Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. No debemos temer aunque la tierra sea removida. Sí, es natural sentirnos mal, deprimirnos y experimentar soledad, pero no olvidemos en quién hemos creído. Tenemos un Padre que nos ama y cuida de sus hijos.
Como dice Romanos 8, nada nos separará del amor de Cristo: ni tribulación, ni angustia, ni persecución, ni hambre, ni peligro. En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Aunque estemos enfermos, cansados, y parezca que nuestras oraciones no son respondidas, debemos confiar porque el Señor cumple su palabra. Él tiene sus procesos y es soberano, pero nos promete que viene a nuestro pronto auxilio y nos ha dado la victoria.
Esta enfermedad se irá porque Dios nos da la victoria a través de su palabra. Aunque las situaciones económicas sean difíciles y parezca que nuestros esfuerzos no dan fruto, debemos poner nuestra confianza en el Señor, no en los hombres. No debemos poner los ojos en una denominación, en una iglesia o en el pastor – debemos ponerlos en Jesús, el autor y consumador de la fe.
En estos momentos difíciles y peligrosos, debemos buscar a Dios y poner en práctica los valores de su Reino. Podemos apreciar las cosas, pero debemos amar a las personas – muchas veces hacemos lo contrario, juzgamos a las personas y amamos las cosas. Debemos conocer la palabra de Dios y todas sus promesas, pero sobre todo, debemos depender de Él. No dependamos del médico (aunque seamos responsables con nuestra salud), dependamos de Dios, que es nuestro amparo y fortaleza.
Tenemos también el anhelo de que el Señor vendrá a buscar a su iglesia. Como Pablo en su época, vivimos tiempos difíciles, pero tenemos esta esperanza. La pregunta es: ¿estamos preparados para irnos con el Señor? ¿Tenemos plena seguridad de que nos iremos con Él, o hay cosas en nuestra vida que necesitan ser cambiadas? Dios define nuestra vida, pero nosotros trazamos los patrones de ella.
Como dijo nuestra hermana Sara, debemos hablar con fe y nunca renegar de lo que Dios hace en nuestra vida. Cuando nos pasan situaciones que no entendemos, solemos cuestionar: “¿Por qué me pasa esto si he sido una persona que cumple, que sirve?” Pero debemos confiar en el Señor. Como decía Charles Spurgeon: “Un poco de fe puede llevar al alma al cielo, pero mucha fe puede descender el cielo al alma.”
Todo lo que tenemos se lo debemos al Espíritu de Dios. Si no tenemos el Espíritu Santo, somos hombres naturales que no quieren saber nada de Dios. No es por nuestra inteligencia o capacidad que hacemos las cosas, es porque el Espíritu de Dios mora en nosotros. La pregunta es: ¿está este huésped santo creciendo en nosotros o está dormido?
Para afrontar estos momentos difíciles, necesitamos una esperanza viva. La misericordia de Dios se renueva cada mañana en nuestra vida. Aunque nos equivoquemos, cada día es una nueva oportunidad. No pongamos nuestra esperanza en el jefe, en el gobierno, en la situación económica o en nuestras capacidades – pongamos nuestra esperanza en Cristo Jesús.
Muchas veces hay un vacío en nuestra vida. Podemos conocer a Dios, saber de Él, incluso servirle, pero hay un vacío en nuestro corazón que tratamos de llenar con otras cosas: amor, hijos, nietos, actividades. Pero ese vacío solamente puede ser llenado por el Señor. No es religión, porque creemos en un Cristo vivo, un Cristo que transforma.
Este es un extracto de la prédica titulada: “En tiempos dificiles” del Pastor Sandro. Te invitamos a ver la prédica completa aquí: https://youtu.be/eSYxYCDsdZo


