Quería empezar con un versículo que usamos mucho como nazarenos: el versículo de La Gran Comisión. Esta es la visión de la Iglesia del Nazareno y un mandamiento de Jesús. Mateo 28:19 dice:“Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.Es una orden que Jesús nos está haciendo a todos: ir y hacer discípulos.
Esto me habla de que Jesús nos da una responsabilidad, especialmente cuando nos dice que somos la luz del mundo. Él nos da un título que Él mismo tomó, porque dice“Yo soy la luz del mundo”.Lo mismo que Él dice de sí mismo nos lo está diciendo a nosotros, y eso es una responsabilidad. Cuando Jesús dice“ustedes son la luz del mundo”,significa que no solo somos receptores de Su luz, sino que también debemos transmitirla y reflejarla.
Debemos preocuparnos más por los otros. No podemos vivir solamente pensando en nosotros mismos. Está bien venir a la iglesia, leer la palabra, orar y llenarnos, pero no es solamente para “engordar”. Hay una frase que habla de las “ovejas gorditas” que vienen, consumen, se llenan de la palabra de Dios, tienen tiempo de oración y de aprender la palabra, pero se engordan ellas mismas y no comparten. No debemos ser como un lago que solamente recibe los ríos; tenemos que ser los que comparten la luz de Jesús.
¿Por qué es importante esto? Porque el mundo de hoy está desesperadamente necesitado del mensaje del Evangelio. Millones de personas viven en la oscuridad, sin esperanza, perdidas, sin rumbo ni dirección porque no tienen una relación con Jesús. Como seguidores e imitadores de Cristo, tenemos la responsabilidad de compartir las buenas nuevas y llevar esperanza al perdido. No es que nosotros transformemos a las personas – no tenemos control sobre el mensaje. El mensaje es lo que hace el cambio; nosotros solamente somos los que lo llevamos.
Debemos reconocer que hay urgencia en esta misión. Cada día que pasa, alguien pierde la oportunidad de escuchar y responder al Evangelio. Como dice Romanos 10:“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”
Hay un dicho que menciona que solamente hay dos días en los que no se puede hacer absolutamente nada, dos días en los que no podremos compartir el evangelio: ayer y mañana. El día para compartir la palabra de Dios es hoy, como dice la Escritura:“Me es necesario hacer las obras del que me envió, porque entre tanto que el día dura; la noche viene cuando nadie puede trabajar”.Compartir el evangelio, compartir la palabra de Dios, responder a la orden de Jesús es ahora, es hoy, no es mañana ni la semana que viene.
Cuando íbamos a comprar pañales con nuestros amigos, que son un gasto tremendo para los recién nacidos, nuestra amiga siempre nos avisaba de las ofertas. Si veía pañales rebajados o en dos por uno, nos llamaba para avisarnos. Lo mismo hacíamos nosotros cuando encontrábamos ofertas de leche o pañales – sacábamos fotos y compartíamos la información. Esta necesidad de compartir las buenas noticias es similar a lo que debemos hacer con el evangelio.
El poder del Evangelio que transformó nuestra vida es como esa oferta que queremos compartir con alegría, para que otros no se pierdan esta oportunidad. La necesidad de compartir el evangelio es urgente, pero no es solamente una carga o una tarea en nuestra vida. No es solo una obligación que tenemos porque Jesús nos lo mandó, sino que es un privilegio. Jesús nos escogió para esta tarea, y cuando compartimos las buenas nuevas con otros, estamos participando en la obra de Dios, colaborando con Él en su misión de salvación.
El año pasado tuvimos en nuestra iglesia una visita de misioneros norteamericanos que vinieron por dos semanas para ayudarnos con el evangelismo. Entre ellos había un pastor que compartió un testimonio poderoso: él oraba porque el Señor pusiera en alguien el llamado para hablar con su hermano, con quien no hablaba hacía 15 años. Su hermano no quería escuchar de la palabra de Dios, pero él seguía orando para que alguien respondiera al llamado y le hablara. Meses después, me llamó para contarme que su sobrino lo había contactado queriendo saber más de Dios, abriendo así la posibilidad de restaurar la relación con su hermano.
Por eso compartir el evangelio debe hacerse con gozo y alegría, igual que cuando compartimos una oferta. Una vez un amigo me dijo: “¡Qué hartante que son ustedes compartiendo!” Y yo le respondí que Jesús transformó mi vida, que aunque tengo problemas y circunstancias difíciles, vivo una vida feliz, y el Señor transformó mi familia. ¿Cómo no voy a querer compartir eso con otros, especialmente con las personas que más quiero?
El poder que tiene el evangelio en la vida de las personas es extraordinario. El mensaje que compartimos no es solo conocimiento o información, sino que tiene el poder de transformar vidas y llevar a personas perdidas a una relación con Dios. Como dice Apocalipsis 21:5:“Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí yo hago nuevas todas las cosas”.Ese es el poder que tiene el Señor, y cuando compartimos el evangelio, estamos participando de esa obra transformadora.
Es importante compartir el evangelio porque es un mandato de Jesús para todos nosotros. Es urgente la necesidad de compartirlo, se hace con gozo y porque tiene el poder de transformar vidas. La Gran Comisión no es solamente para pastores o misioneros, sino para todos los seguidores de Cristo. No necesitamos estar preparados de manera especial – a veces es tan simple como decir “Jesús te ama” o usar el cubo evangelístico.
En 2022, cuando volví a Colombia, tuve una experiencia significativa en el aeropuerto de Bogotá. Tenía que hacer migración y tomar un vuelo de conexión en solo tres horas. La fila era inmensa y el tiempo se agotaba. Milagrosamente, un joven me dejó pasar al frente cuando supo que era de Córdoba. Corrí por todo el aeropuerto, y justo cuando pensaba que perdería mi vuelo, la aerolínea me estaba esperando. Así es como el Señor actúa – nos espera, pero llegará un momento en que si no respondemos a Su llamado, el avión partirá.
El llamado de Dios es personal, tiene un nombre y apellido. Como dice Jeremías 1:“Antes de que te formase en el vientre te conocí”.No es algo genérico, sino específico para cada uno. A veces no es fácil escuchar este llamado porque implica salir de nuestra zona de confort. Yo mismo me resistí al principio, diciendo que no quería ser misionero, pero el Señor insistía.
El llamado de Dios requiere obediencia. En Mateo 4, cuando Jesús llamó a sus discípulos, ellos dejaron inmediatamente sus redes y lo siguieron. No podemos seguir a Dios a medias o solo en las partes cómodas. Muchas veces ponemos excusas, como Moisés cuando dijo que era tardo en el habla. Pero si buscamos excusas, siempre las encontraremos.
También debemos entender que seguir el llamado de Dios no significa una vida sin problemas. Como dice Juan 16:33:“En el mundo tendréis aflicciones, pero confiad, yo he vencido al mundo”.Cuando Jesús fue a la tumba de Lázaro, pidió que quitaran la piedra – él podría haberlo hecho solo, pero quiso que participáramos en remover los obstáculos. Desde que respondí al llamado a las misiones, parece que hay más problemas que antes, pero no me aflijo porque sé quién está conmigo. Si Dios llama, Él abrirá el camino, como lo hizo con Moisés frente al Mar Rojo.
Es importante que compartamos el evangelio por la urgencia, por el gozo que trae y por el poder transformador que tiene la palabra de Dios. En el reciente congreso de jóvenes en Perú llamado “Caleo” (palabra griega que significa “llamados”), se enfatizó que el Señor nos llama para estas tareas. Aunque hoy hablamos específicamente de las misiones, el llamado aplica a todos los ministerios, pues algunos son constituidos pastores, otros maestros, según nos dice la Palabra.
El llamado es personal, especialmente en los matrimonios donde esto puede ser más difícil. Por ejemplo, en nuestro caso, ambos somos llamados a las misiones, pero el llamado pastoral es mío, mientras mi esposa tiene otro llamado. El Señor nos llama juntos a las misiones – no me llamaría solo a mí para ir a Colombia – pero el llamado sigue siendo personal. Como en el avión, tiene tu nombre y nadie más puede responder ese llamado por ti.
En Génesis 12:2-3 dice: “Y haré de ti una nación grande y te bendeciré y engrandeceré tu nombre y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren y a los que te maldijeren maldeciré y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. El llamado de Dios no es solamente para nuestro beneficio, aunque trae gozo al compartir el evangelio y nos hace sentir que encajamos en un lugar.
En Marcos 4:38, cuando Jesús estaba en la barca y vino la tormenta, había otras barcas con ellos. La tormenta afectó a todos, no solo a la barca donde estaba Jesús. Cuando los discípulos lo despertaron y Él calmó la tormenta, la bonanza también benefició a todas las demás barcas. Así es cuando respondemos al llamado de Dios – Él no solo bendice nuestras vidas, sino que también bendice a otros a través de nosotros.
Miren el ejemplo de Moisés: el propósito de su llamado no era solo su propio beneficio, sino la liberación y bendición de todo el pueblo de Israel. A través de él, Dios liberó a Israel de la esclavitud, les dio la ley y los guió hacia la tierra prometida. Su vida se convirtió en una bendición para generaciones siguientes. Cuando el Señor nos llama, no es solo para nuestro beneficio personal, sino para que seamos una bendición para otros.
Este es un extracto de la prédica titulada: El Señor nos conoce” del Pastor Marcelo. Te invitamos a ver la prédica completa aquí: https://youtu.be/cGD0C2-3KsI


