El Camino a Emaús

Lucas 24 – Reflexión y Enseñanza

Vamos a Lucas, capítulo 24. Lucas, capítulo 24, y vamos a leer algunos textos. Comencemos en el versículo 13:

“Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día a una aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén”.

Cuando se habla de estos dos, algunos comentaristas sugieren, y si pueden ir a Lucas, capítulo 10, versículo 1, que podrían ser parte de los setenta que el Señor envió a compartir la palabra, ¿verdad? Emaús estaba a sesenta estadios de Jerusalén, lo que equivale a unas siete millas, aproximadamente 11,3 kilómetros. Para que tengan una idea, un kilómetro son unas diez cuadras, así que once kilómetros serían más de cien cuadras. Era una distancia considerable.

El texto continúa: “E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acontecido. Sucedió que, mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos, pero los ojos de ellos estaban velados para que no lo reconociesen”.

Esto es muy interesante, hermanos. Muchas veces, en nuestra vida, hemos tenido un encuentro con el Señor, sabemos que Dios ha hecho algo en nosotros. Estos dos hombres no eran parte del círculo íntimo de Jesús, no eran de los doce discípulos, pero eran personas que habían visto los milagros de Dios. Tal vez habían presenciado cómo el Señor alimentó a los cinco mil, cómo dio vista a los ciegos, cómo sanó a los leprosos. Quizás habían sido testigos de todo eso, pero ahora estaban cegados, no podían ver.

Muchas veces, a lo largo de nuestra vida, Dios ha obrado en nosotros, ha transformado nuestro corazón, pero la desilusión y la tristeza nos ciegan. Estos hombres estaban desilusionados, tristes, porque el Maestro, en quien quizás habían puesto expectativas de que establecería una nueva Jerusalén, de que derrotaría a los romanos, había sido crucificado tres días antes. Ahora, la tumba estaba vacía, y ellos no podían ver ni entender el propósito de Dios.

Recordemos lo que hablamos el viernes: “Consumado es”. Había un plan de Dios, un propósito para la humanidad, un nuevo camino para acercarse a Él a través de Jesucristo. Pero ellos no lo reconocían.

El texto sigue: “Y les dijo: ‘¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes?’”. Respondiendo uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no ha sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días?”.

Ellos no reconocieron que Jesús estaba allí con ellos. Esto nos pasa a menudo, ¿verdad? Emaús significa “manantial tibio”, un lugar cómodo, y estos hombres quizás regresaban a esa comodidad. Pedro, por ejemplo, siendo pescador, volvió a pescar tras la crucifixión, diciendo: “Ya no está el Maestro, ¿qué hago ahora? Vuelvo a lo que hacía antes”. Estos hombres, posiblemente amigos de Pedro, también querían volver a lo conocido, a lo cómodo. Cuando enfrentamos desilusión o tristeza, tendemos a buscar la comodidad, a no esforzarnos más, y a veces no entendemos el propósito de Dios en nuestras vidas.

Muchas veces decimos: “Esperaba que Dios resolviera mi situación económica, que sanara mi enfermedad, que restaurara mi matrimonio”. Buscamos a Dios con expectativas específicas: queremos que nos quite un vicio, que haga un milagro con nuestras finanzas, que nos dé una carrera. Pero cuando esas expectativas no se cumplen, nos desilusionamos. Pensamos: “¿De qué sirve ir a la iglesia? ¿De qué sirve buscar a Dios si todo sigue igual?”. Y volvemos a la comodidad, diciendo: “Aquí estoy tranquilo, nadie me molesta”.

Pero el texto continúa: “Entonces él les dijo: ‘¿Qué cosas?’. Y ellos le respondieron: ‘De Jesús Nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y palabra delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo lo entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte y lo crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel’”.

Ellos esperaban algo diferente, y ahora, además, era el tercer día desde esos eventos, y estaban desilusionados porque no ocurrió lo que esperaban. Muchas veces, nosotros también esperamos que Dios haga cosas distintas en nuestra vida, y no nos damos cuenta de que Él está cerca, hablándonos, aunque estemos cegados. A veces esperamos algo sobrenatural, pero Dios nos habla a través de una palabra, un mensaje, una actitud, y no lo percibimos.

Algunos comentaristas señalan que estos hombres estaban confundidos. Cuando hay confusión en nuestra vida, no tomamos buenas decisiones. Nos movemos de un lugar a otro, buscando soluciones, pero encontramos más problemas porque estamos cegados, como ellos, y no entendemos con quién estamos o qué está pasando.

El texto dice: “Aunque también nos han asombrado unas mujeres de entre nosotros, las cuales antes del día fueron al sepulcro, y como no hallaron su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto una visión de ángeles, quienes dijeron que él vive. Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro y hallaron así como las mujeres habían dicho, pero a él no lo vieron”.

Entonces, Jesús les responde: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria?”.

Aquí, en el versículo 27, el Señor comienza a explicarles las Escrituras: “Y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. Recordemos que “Consumado es” refleja el plan de Dios desde el principio. Jesús les muestra cómo todo estaba escrito, cómo todo tenía un propósito.

Llegaron a la aldea de Emaús, y Jesús “hizo como que iba más lejos”. Qué curioso, ¿verdad? Primero se les aparece, y luego actúa como si fuera a seguir su camino. Hermanos, Dios quiere entrar en nuestra vida, en nuestro corazón, pero nos da libertad para elegir. En Apocalipsis 3:20 dice: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo”. Dios se presenta, pero nos da la libertad de invitarlo a entrar. Él no fuerza la puerta; espera que la abramos.

El texto continúa: “Llegaron a la aldea adonde iban, y él hizo como que iba más lejos. Pero ellos lo instaron, diciendo: ‘Quédate con nosotros, porque se hace tarde y el día ya ha declinado’. Entró, pues, a quedarse con ellos”.

Ellos sintieron algo especial en la presencia de este hombre, aunque no sabían quién era. Se sentían bien y querían que se quedara. Jesús cumple su palabra: si lo invitas, él entra. Y estos no eran los doce discípulos, no eran parte del círculo íntimo; eran personas comunes que habían conocido al Señor. Él no vino solo para una élite, sino para todo aquel que abra su corazón, sin importar su condición.

El versículo 30 dice: “Y aconteció que, estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y les dio”. En ese momento, “les fueron abiertos los ojos y lo reconocieron; mas él se desapareció de su vista”.

¡Qué poderoso! Estaban confundidos, cegados, pero cuando Jesús partió el pan, sus ojos se abrieron. Se dieron cuenta de con quién habían estado todo ese tiempo. Y entonces, en el versículo 32, el versículo clave, dicen:

“¿No ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba en el camino y cuando nos abría las Escrituras?”.

Hermanos, cuando Dios se manifiesta, cuando tenemos un encuentro con Jesús, nuestro corazón arde. Algo sucede que nos transforma. No podemos quedar igual.

Me acuerdo cuando era adolescente. A los 14 o 15 años, hice una oración: ‘Señor, llévame a un lugar donde pueda servirte, donde pueda conocerte con claridad’. Y ahora estoy aquí con ustedes. Dios tenía un propósito. No fue fácil. Cuando llegué a Tucumán, era joven, nunca había estado lejos de casa. Viví con mi tío, y muchas veces quise volver con mi mamá, con mis abuelos. Sufrí mucho, extrañaba, me sentía triste. Pero le decía al Señor: ‘Tú me trajiste con un propósito, quiero seguir adelante’. Pasé por dolores, como no estar presente cuando fallecieron mi abuelo y mi abuela, quienes me criaron. Sin embargo, sabía que había un plan de Dios.

Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros, aunque a veces no lo entendamos, especialmente cuando las cosas no van bien. En esos momentos, el camino a Emaús cobra sentido: aunque estemos cegados, Dios está obrando. Él nos llama a abrir nuestro corazón para que cene con nosotros, para que transforme nuestra vida.

Muchas veces, como los discípulos en el camino a Emaús, estamos tan metidos en nuestras expectativas que no vemos a Dios. Queremos que Él cambie a nuestro esposo, a nuestra esposa, a nuestros hijos; que resuelva nuestras finanzas, que nos cure, que nos libere de un vicio. Pero Dios tiene un plan perfecto, y no debemos intentar perfeccionarlo, sino ser parte de él.

Cuando Jesús partió el pan, los discípulos recordaron, sus corazones ardieron. Hermanos, ¿cuándo fue la última vez que su corazón ardió al hablar de Dios? ¿Siente esa emoción, ese fuego, o hay cansancio, aburrimiento, rutina?

En este tiempo de Semana Santa, reflexionemos: ¿cómo está nuestro corazón? ¿Estamos confundidos, cegados, pensando en otras cosas? Dios quiere abrir nuestros ojos, quiere que nuestro corazón arda, que tengamos un encuentro íntimo con Él. Jesús no solo murió y fue sepultado; resucitó, venció la muerte, venció a Satanás, y está a la diestra del Padre. Él quiere cenar contigo hoy, quiere bendecir tu vida.

Oración Final

Padre santo, te damos gracias por este tiempo. Te pido por mis hermanos aquí presentes. Hemos representado el camino a Emaús, y vemos cómo estos hombres estaban cegados, confundidos. Tú conoces nuestras vidas, sabes hacia dónde vamos, a veces buscando comodidad, evitando el esfuerzo. Pero necesitamos tu propósito, Señor. Ayúdanos a ver, a quitar el velo de nuestros ojos, a reconocer tu voz y tu amor.

Perdónanos por estar metidos en nuestras cosas, por no darnos cuenta de tu sacrificio. Queremos abrir nuestra puerta para que cenes con nosotros. Que nuestro corazón arda al hablar de ti. Bendice a nuestros seres queridos, que puedan rendir su corazón ante ti. Gracias, Señor, porque nos amas y nos das oportunidades. Amén.

“¿No ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba en el camino?” – Lucas 24:32

***Este es un extracto de la prédica titulada: “Emaus”. Te invitamos a ver la prédica completa click aquí