El encuentro de Moisés con Dios en el Monte Horeb, un momento transformador que me lleva a profundas reflexiones sobre la vocación divina y la apertura personal a un llamado inesperado.
Recuerdo cómo Dios se reveló a Moisés con las palabras “Yo soy el que soy”, manifestándose como el Dios poderoso y único. Moisés estaba apacentando las ovejas de su suegro cuando vivió una experiencia extraordinaria: una zarza ardiendo que no se consumía. En ese momento, Dios lo llamó por su nombre, pidiéndole que se quitara los zapatos porque estaba en tierra santa.
Profundicemos en el contexto de Moisés: un hombre criado en Egipto, rodeado de dioses paganos, sin conocimiento real del Dios verdadero. Fue rescatado de niño y educado en una cultura politeísta, posiblemente ateo o panteísta. Sin embargo, en medio del desierto, lejos de templos y estatuas, experimentó un encuentro personal con Dios.
Muchas veces en la vida nos encontramos en “desiertos” – momentos de confusión, duda o aparente estancamiento. Recuerdo mis propios planes de vida, cuando mi esposa Mariela y yo planeábamos cada detalle: mi carrera en medicina, nuestra casa, nuestro futuro en Tucumán. Pero Dios tiene planes diferentes.
La disponibilidad: una lección central
La lección central es la disponibilidad. Moisés respondió con un simple “Heme aquí”, la respuesta de alguien dispuesto a ser usado por Dios. Muchas personas se sienten autosuficientes, creyendo que no necesitan a Dios porque tienen trabajo, familia, salud. Sin embargo, Dios nos da la libertad de elegir y nos llama incluso cuando estamos en momentos difíciles.
Enfatizo que tener conocimiento religioso no garantiza una experiencia personal con Dios. La verdadera conexión es un acto de entrega, de reconocer nuestra necesidad de algo más grande que nosotros mismos.
Mi mensaje es un desafío: cuando Dios nos llama, aun estando en nuestro “desierto” personal, ¿estamos dispuestos a responder? ¿Estamos abiertos a reconocer que lo imposible para el hombre es posible para Dios?
La historia de Moisés nos recuerda que Dios puede encontrarnos en los momentos más inesperados, transformando nuestra vida cuando menos lo esperamos.
Reflexionemos sobre el llamado de Dios a Moisés y cómo esto se relaciona con nuestra propia vida espiritual. Dios nos llama personalmente, por nuestro nombre – ya sea Elvio, Agustina, Beatriz o Matías. La clave está en estar atentos a Su voz.
Las excusas de Moisés y nuestras propias luchas
Destaquemos cómo Dios ve y escucha nuestra aflicción. Cuando oramos y clamamos, Él no es indiferente. Recuerdo Su promesa de liberar al pueblo de Israel de Egipto y llevarlos a una tierra que fluye leche y miel. Esta misma promesa se extiende a cada uno de nosotros: Dios tiene un plan.
Analicemos las excusas de Moisés, que son similares a las nuestras. La primera fue una crisis de identidad: “¿Quién soy yo para hacer algo tan grande?”. Muchas veces dudamos de nuestra capacidad, pensando que no somos suficientes. Pero Dios responde: “Yo estaré contigo”.
La segunda excusa fue una crisis de autoridad. Moisés preguntó: “¿Qué nombre daré cuando me pregunten quién me envió?”. Dios le respondió con una declaración poderosa: “Yo soy el que soy”. Es un recordatorio de que nuestra autoridad viene de Él, no de nosotros mismos.
La promesa divina y nuestra disposición
*Este es un extracto de la prédica titulada: “Dios tiene un plan en tu vida” del Pastor Sandro. Te invitamos a ver la prédica completa aquí: Ver la prédica.


