Cuando el Señor busca frutos

Usted tiene que hacer las cosas que debe hacer. Está bien que planifique, está bien que haga proyectos, pero es importante también que sepa que tiene que tener ese tiempo para Dios. No le estoy diciendo que dedique las 24 horas del día, pero que tenga un tiempo para Él. A veces nosotros nos vamos a los extremos: o no hacemos nada o nos vamos al otro extremo. Es importante que busque un equilibrio y sepa también el propósito por el cual Dios lo llamó.

Si usted no sabe cuál es el propósito por el cual Dios lo llamó, va a estar haciendo muchas cosas a la vez y quizás no va a entender por qué las hace. Es bueno que sepa por qué está en este lugar, qué es lo que Dios quiere de su vida. ¿Saben qué es lo primero que el Señor quiere de usted? Ver sus frutos, eso es lo que el Señor quiere ver.

Vamos a leer el libro de Marcos, capítulo 11, del versículo 12 al 14. Es un texto que alguna vez han escuchado, pero es muy interesante. Dios va a ir revelando a través de su palabra y vamos a ir viendo los contextos. Marcos capítulo 11, versículo 12 dice: “Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre”. El Señor tuvo hambre, “y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algo en ella. Pero cuando llegó, nada halló sino hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces Jesús dijo a la higuera: ‘Nunca jamás coma nadie fruto de ti’, y lo oyeron sus discípulos”.

Es muy interesante el contexto que vemos resumidamente con respecto al pueblo de Israel. El pueblo había desobedecido a Dios, había hecho cosas que no estaban bien ante Sus ojos. Cuando Jesús entró en Jerusalén y en el templo, vio cómo estaba el pueblo. Comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo, volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Les enseñaba diciendo: “¿No está escrito: ‘Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones’? Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones”.

El Señor Jesús hizo esto porque sabía que habían cambiado la función del templo, que era la adoración, y lo habían transformado en un comercio. Por lo tanto, el pueblo había desobedecido a Dios. Los escribas y los principales sacerdotes buscaban cómo matarle porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba admirado de su doctrina.

La lección que nos deja este pasaje es que debemos mantener un equilibrio en nuestra vida espiritual y entender el propósito que Dios tiene para nosotros. No debemos ser como aquella higuera que tenía hojas pero no frutos, ni como el templo que se desvió de su propósito original. Dios busca que demos frutos genuinos y que mantengamos nuestra adoración pura y sincera, sin convertir nuestra fe en algo superficial o comercial.

Si resumimos rápidamente este contexto, podemos ver la enseñanza del Señor sobre el pueblo de Israel y su desobediencia. Cuando salieron de Betania, el Señor tuvo hambre y vio una higuera con hojas. Fue a buscar fruto en ella pero no encontró nada. Entonces maldijo la higuera diciendo que nunca más daría fruto. Al día siguiente, cuando pasaron por allí, la higuera estaba seca desde las raíces.

Pedro, asombrado, le señaló esto al Señor, quien aprovechó para enseñarles sobre la fe. Les dijo que si tuvieran fe y no dudaran, podrían ordenarle a un monte que se arroje al mar y sucedería. Les enseñó que todo lo que pidieran orando con fe, lo recibirían.

Esta historia nos muestra una perspectiva interesante: imaginemos que el Señor tiene hambre de nosotros, viene a buscarnos y nos ve aparentemente bien, con muchas hojas, pero cuando busca fruto en nuestra vida, no encuentra nada. El Señor en este tiempo tiene hambre de nosotros, quiere que demos frutos. Sin embargo, cuando Él viene a nuestra vida, solemos decir “espera un momento, todavía no”, “no tengo tiempo”, “estoy enfermo”, “primero mi familia” o “primero mis deseos personales”.

El tiempo suele ser nuestra excusa más común. Decimos no tener tiempo para Dios, pero encontramos tiempo para ver juegos, para viajar, para hacer otras cosas. El Señor busca calidad, no cantidad, pero esa calidad involucra una inversión de tiempo en nuestra vida y corazón, más allá de las circunstancias que estemos atravesando.

Como dice Eclesiastés 3, todo tiene su tiempo bajo el cielo: tiempo de nacer, de morir, de plantar, de arrancar lo plantado. También nos recuerda que Dios ha puesto eternidad en nuestro corazón. Cuando partamos con el Señor, no nos llevaremos casas ni propiedades. Es bueno tener comodidades, que nuestros hijos vivan bien, que podamos disfrutar de nuestros nietos, pero lo más importante es cómo invertimos nuestro tiempo en las cosas eternas. Como dice la Escritura, no hay cosa mejor que alegrarse y hacer bien en nuestra vida, y que es don de Dios que todo hombre coma, beba y goce el bien de su labor.

Ustedes tienen que hacer las cosas que deben hacer. Está bien que planifiquen y hagan proyectos, pero es importante que sepan que deben tener tiempo para Dios. En Romanos 13 nos dice que es hora de levantarnos del sueño, porque nuestra salvación está más cerca que cuando creímos. Debemos desechar las obras de las tinieblas y vestirnos de las armas de la luz.

Muchas veces, cuando el Señor viene en busca de nuestra vida, estamos ocupados haciendo otras cosas. Decimos “soy muy joven” o “cuando tenga 70 o 75 años, ahí sí pastor, podré servirlo”. O “cuando ya haya planificado toda mi vida, cuando tenga todo armado, ahí sí cuente conmigo”. Pero el Señor está buscando ese tiempo ahora, porque Él siempre estuvo con nosotros en todas las situaciones: en enfermedad, en dolor, siempre estuvo ahí.

Es importante entender que este tiempo es para Dios, no para la iglesia ni para el pastor. A veces confundimos esto y hacemos mil cosas en la iglesia, pero no tenemos tiempo para Dios. Usted tiene que estar bien primeramente, porque si no, lo que hace no le va a ayudar. No lo haga por obediencia, hágalo por amor y pasión, porque eso es lo que marca la santidad en su vida. Si usted tiene amor, lo hace con pasión, y por lo tanto ese hombre integral se va desarrollando en su vida.

En 2 Corintios 6:2 dice: “En tiempo aceptable te he oído y en día de salvación te he socorrido”. El Señor estuvo ahí cuando pasamos por enfermedades, problemas económicos, situaciones familiares, problemas personales, rupturas amorosas, dificultades matrimoniales y problemas en el ministerio. Pero ahora nos toca a nosotros permanecer y presentarnos como un sacrificio vivo, santo y agradable delante de Él.

Imaginémonos en este tiempo si el Señor se presenta delante de nosotros: ¿tendríamos frutos para darle? Y no hablo de frutos pasados, porque a veces nos quedamos con las cosas que hicimos antes. ¿Qué frutos tenemos ahora para darle al Señor? Como cuando le preguntó a Pedro tres veces “¿me amas?”, y Pedro se entristeció. Como decía Charles Spurgeon: “No me digas que me amas, sino demuéstramelo”. El Señor está buscando esos frutos en su iglesia, en las personas. Él nos necesita como instrumentos útiles, pero de una manera honesta y sincera, desde nuestro corazón.

Estamos ya más de la mitad del año, y cada uno debe reflexionar sobre las cosas que ha vivido. El Señor nos está llamando y nunca nos dejará – siempre nos dará una nueva oportunidad. Lo que marca la diferencia es nuestra entrega ante Él. No sabemos qué pasará mañana, el Señor vendrá como ladrón en la noche, nadie sabe el día ni la hora, pero debemos estar preparados como las vírgenes prudentes con su aceite.

Cuando el Señor maldijo la higuera, no lo hizo porque quiera maldecirnos – Él quiere bendecirnos, pero debemos dar frutos. Como dice el apóstol Pablo, si somos carnales tendremos consecuencias, pero Dios nos llama a ser espirituales para dar fruto verdadero.

Imagínese que está ahí y por un momento pasa el Señor, se acerca y nos dice “quiero ver tus frutos”. ¿Qué respondemos? ¿Decimos “todavía no puedo por tal situación”? ¿”Estoy enfermo”? ¿”Necesito lograr otras cosas primero”? ¿”Estoy pasando por dificultades económicas”? ¿”Tengo dolor en mi corazón por una enfermedad o situación familiar”? El Señor quiere que demos frutos ahora, sin importar nuestras circunstancias.

No importa si no hemos tomado el tiempo que deberíamos haber tomado, Dios nos da una nueva oportunidad. Él nos dio el ministerio de la reconciliación y quiere que descubramos lo que tiene para nosotros. Está preparando una morada para cada uno de sus hijos – somos importantes y preciosos para Él.

El amor está íntimamente relacionado con el fruto en nuestra vida. Podemos ser personas correctas y buenas, pero quizás hemos perdido el amor y la pasión hacia Dios. Él quiere que seamos apasionados por Él, que experimentemos Su amor y presencia. Quizás necesitamos ese abrazo de Dios en nuestra vida, que nos abrace como el padre al hijo, con Su amor y misericordia. Él quiere que de nuestro interior corran ríos de agua viva para que nunca más tengamos sed.

El reino de los cielos es para los valientes que disponen su corazón diciendo “Señor, aquí estoy”. Necesitamos Su presencia para que esos frutos se hagan reales en nuestra vida, necesitamos Su abrazo para sentirnos comprendidos, acompañados, para descansar si hay tristeza o para tener paz en las dificultades. Él conoce lo más profundo de nuestro ser y nos llama a ser una iglesia santa, agradable a Él, una iglesia de reconciliación y amor, apasionada por Él.

Este es un extracto de la prédica titulada: “Cuando el Señor busca frutos” del Pastor Sandro. Te invitamos a ver la prédica completa aquí: https://youtu.be/uugK27EeyhM