El título de hoy es: "¿Cómo debemos orar?". Muchas veces, como cristianos o hijos de Dios, incluso personas que conocen un poco sobre la fe, nos preguntamos cómo debemos orar. En esta ocasión, vamos a responder algunas preguntas fundamentales con respecto a la oración, las cuales son de suma importancia para nuestra vida espiritual.
Esto tiene que ver con cómo debemos aprender a orar o cómo el Señor nos enseña a hacerlo. Una de las primeras interrogantes sería: cuando oramos, ¿a quién nos dirigimos? ¿Oramos a Dios Padre, a Jesús o al Espíritu Santo? A menudo surge esta duda, y vamos a responderla basándonos en lo que el Señor nos dice en su Palabra.
Si vamos a Mateo, capítulo 6, versículo 9, el Señor Jesús nos instruye: "Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro…". Es muy interesante observar cómo el Señor nos habla. También en Juan, capítulo 16, a partir del versículo 23, el Señor nos dice: "En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará". Noten qué detalle tan significativo: el Señor indica que debemos pedir al Padre, pero subraya que debemos hacerlo en su nombre, en el nombre de Jesús.
En el versículo 24 añade: "Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido". Por lo tanto, una de las características que debemos tener claras es que, al referirnos a la oración, debemos dirigirnos principalmente a Dios, específicamente al Padre, haciéndolo en el nombre de Jesús.
Ahora, ¿cuál es la acción del Espíritu Santo en este proceso? En el libro de Romanos, capítulo 8, versículos 26 y 27, leemos: "Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles". Contamos con este Huésped Santo que es el Espíritu Santo de Dios. Es vital comprender la intercesión e inspiración del Espíritu Santo: oramos al Padre, en el nombre de Jesús y bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Es esencial que siempre nos refiramos a nuestro Padre, sabiendo que tenemos un Padre amoroso que siempre está presto a escuchar y suplir nuestras necesidades.
La segunda pregunta que podemos responder es: ¿En qué posición debemos orar? ¿Existe alguna postura especial o particular? Podemos encontrar varias referencias al respecto. A lo largo de su ministerio, el Señor Jesús oraba en público, en secreto y cuando estaba con otras personas. No hay una única posición obligatoria para la oración, pero sí existen ciertas posturas que nos ayudan a enfocar nuestro ser en ese tiempo de intimidad.
Una de las formas que más nos ayuda es estar de rodillas. Cuando uno se arrodilla, algo sucede en el cuerpo; es como si este reconociera que está realizando algo especial. La mente percibe que todo el cuerpo se dispone para Dios a través de la oración. Esto no significa que sea el único medio, ya que podemos orar mientras caminamos, en el trabajo, en el transporte público o mientras compartimos con seres queridos.
Sin embargo, el orar de rodillas fue una enseñanza del Señor. En Lucas, capítulo 22, versículo 41, se relata: "Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró". Jesús estaba pasando por un momento extremadamente difícil antes de la crucifixión y decía: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Como hombre, Jesús experimentó el sufrimiento real. Imaginen el dolor de los clavos en las manos; si un pequeño corte nos duele, cuánto más aquel padecimiento. El Señor sufrió y se manifestó humanamente. A veces escuchamos que "los hombres no lloran", pero eso es falso; los hombres también lloran y es bueno porque permite demostrar sus sentimientos. Hay momentos en los que reconocemos nuestra fragilidad y que no podemos manejarlo todo; es ahí donde Dios empieza a trabajar.
El apóstol Pablo también nos muestra esta práctica en Efesios, capítulo 3, versículo 14: "Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo…". Pablo era alguien que habitualmente se arrodillaba ante Dios. Asimismo, Pedro nos enseña esto en Hechos, capítulo 9, versículo 40, cuando antes de realizar un milagro, apartó a todos, se puso de rodillas y oró.
Arrodillarse pone a nuestro cuerpo en un estado de alerta, indicando que estamos en un momento diferente y especial. Aunque no es la única forma, la oración de rodillas marca significativamente nuestras vidas.
Había situaciones en las cuales la iglesia también se unía para orar y lo hacían de rodillas. En el libro de Hechos, capítulo 20, versículo 36, leemos que cuando el apóstol Pablo terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos. Aunque no especifica que toda la congregación estuviera en esa posición, podemos asumir que se unieron a él en ese gesto de reverencia.
Un ejemplo aún más explícito lo encontramos en Hechos, capítulo 21, versículo 5: "Cumplidos aquellos días, salimos, acompañándonos todos con sus mujeres e hijos hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la playa, oramos". Noten qué detalle: ¡de rodillas en la playa! Como parte del pueblo de Dios, es fundamental que oremos. A veces uno podría pensar: "¿Qué dirán si me ven arrodillado?", pero el Señor y sus apóstoles nos enseñan que esta postura refleja una profunda humildad.
Arrodillarse muestra que nos entregamos a Dios, que reconocemos que somos hijos de un Padre poderoso y que no dependemos de nuestras propias fuerzas o experiencia, sino totalmente de Él. Dios se agrada de un corazón humillado y de una persona humilde. Para ejercer un liderazgo cristiano genuino, debemos aprender a servir y a ser humildes, reconociendo que no tenemos el control de todas las situaciones, pero que nuestro Padre Celestial sí lo tiene y ha prometido cuidar de quienes le aman.
Esto nos lleva a otra pregunta: ¿Cómo debemos orar, de forma personal o en grupo? La respuesta es: de ambas formas. Hay momentos en los que es vital la oración comunitaria. En Hechos, capítulo 1, versículo 14, vemos que antes de Pentecostés, todos perseveraban unánimes en oración y ruego. La oración grupal es fundamental para interceder y sentirnos parte del cuerpo de Cristo. Otro ejemplo está en Hechos 16:13, donde se menciona un lugar junto al río donde solía hacerse la oración en grupo.
Sin embargo, esta oración colectiva debe ser el complemento de una vida de oración personal. Cada uno de nosotros necesita una línea de comunicación directa e íntima con el Padre. Jesús mismo preparaba a sus discípulos más cercanos —Pedro, Jacobo y Juan— para estos momentos de intimidad. En Getsemaní (Mateo 26:36), Jesús les pidió que se sentaran mientras Él iba a orar a solas. Aunque los llevó como su círculo íntimo, el Señor quería que cada uno tuviera su propia comunicación con Dios.
Al regresar y hallarlos durmiendo, les dijo: "¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?". Es de suma importancia para el cristiano tener ese tiempo a solas con Dios. La oración no consiste en repetir constantemente las mismas palabras, sino en hablar sinceramente con el Padre, comunicarle cómo estamos y confiar en su cuidado.
Pensemos en nuestra relación con nuestros padres terrenales; cuando tenemos un problema, acudimos a ellos y les contamos nuestra situación. Si no tenemos padres físicos, a menudo buscamos a alguien que cumpla ese rol, como un pariente o un amigo. Pues bien, tenemos un Padre Celestial que siempre está presto a escucharnos. En nuestra iglesia, los miércoles dedicamos un tiempo a la oración grupal y hemos sido testigos de cómo Dios responde, realizando milagros y sanidades, como el caso de la abuela de nuestra hermana Agustina. Esto nos demuestra que Dios escucha el clamor de sus hijos cuando se unen en oración.
Orar e interceder no es solo un acto religioso, es reconocer que somos parte del pueblo de Dios. Usted es parte del cuerpo de Cristo, más allá de una denominación específica como nazarena, bautista o pentecostal; somos un solo cuerpo y el Señor desea que usted tome su lugar en él. Para ello, la oración en nuestra vida personal es fundamental.
A menudo nos preguntamos: ¿Hay algún horario específico para orar? ¿Es mejor de madrugada, tarde o noche? La Biblia nos ofrece varios ejemplos. Daniel, por ejemplo, oraba tres veces al día (Daniel 6:10). El Señor Jesús, a lo largo de su ministerio, oraba en diversos momentos, sin una hora fija, pero nos dejó enseñanzas sobre ciertos tiempos especiales.
Marcos 1:35 nos dice: "Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba". Orar en la madrugada, antes de comenzar la jornada laboral o las actividades familiares, crea un espacio de tranquilidad y libertad único para relacionarse con Dios, sin las distracciones del día. Jesús también oraba durante la noche; en Lucas 6:12 leemos que pasó toda la noche orando. Es un desafío pasar una noche entera en oración, pero el Señor lo hacía porque sabía que antes de tomar decisiones importantes debía encomendarse a su Padre.
Qué importante es que, antes de decidir algo en nuestra vida —aunque seamos profesionales con experiencia o conocedores de nuestro oficio—, digamos: "Señor, quiero que me guíes, habla a mi corazón". Jesús, siendo Dios y hombre, buscaba la dirección del Padre; ¡cuánto más nosotros! Ya sea en el trabajo, en un breve momento de descanso, en el transporte público, en casa o en la iglesia, lo relevante es mantener esa comunicación constante.
La intimidad con Dios no surge de un momento a otro; se cultiva como una amistad. Para que una amistad crezca, se necesita pasar tiempo, compartir y comunicarse. Si no ponemos de nuestra parte, esa relación se estanca. Lo maravilloso es que Dios no nos pide grandes sacrificios físicos o viajes a montañas lejanas para escucharnos; solo nos pide que oremos.
Sin embargo, existen obstáculos que pueden limitar nuestra oración. El Salmo 66:18 advierte: "Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado". La iniquidad se refiere a aquello que desagrada a Dios o a persistir en nuestra propia voluntad por encima de la suya. Estar en pecado sin arrepentirse bloquea nuestra comunicación con el Padre. Primero debemos ponernos a cuentas con Él y pedir perdón de corazón.
Otro obstáculo es la falta de paz con los demás. El Señor nos llama a procurar la paz con Dios y con los hombres. Es cierto que no siempre caeremos bien a todo el mundo; hay personas que pueden despreciarnos sin razón aparente. Recuerdo que cuando vivía con mi esposa en Tucumán, teníamos una vecina que nos trataba con desprecio e incluso se quejaba del futuro nacimiento de nuestro hijo. Humanamente es difícil amar a quien te trata mal, pero el mandamiento es buscar la paz y mantener un corazón limpio para que nuestra comunicación con Dios fluya.
Debemos procurar tener paz con todos. No es posible ser amigo íntimo de todo el mundo; hay relaciones que simplemente no fluyen por diversas razones. A veces, la falta de conexión se debe a que, como cristianos, representamos la luz en un mundo de oscuridad, y la luz no puede estar en comunión con las tinieblas. Sin embargo, el mandato bíblico es claro: "Procura tener paz con todos los hombres". Esto incluye mantener una buena relación con nuestros hermanos en la fe. Ninguno de nosotros es perfecto; todos tenemos nuestras fallas, pero debemos esforzarnos por estar bien los unos con los otros.
Jesús nos enseña en Mateo 5:23-24: "Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda". Se nos ha confiado el ministerio de la reconciliación. Si usted intenta reconciliarse y la otra persona se niega, usted ya cumplió con su parte y tuvo una buena disposición. Cada uno dará cuenta de sus actos ante el trono de Dios, tanto justos como injustos. Nadie está exento de presentarse ante el Señor por sus acciones.
El perdón es otro pilar fundamental. Mateo 6:14-15 dice: "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". Perdonar no es solo un mandato espiritual, es sanador. Estudios científicos, como los de la Clínica Mayo, han demostrado que el perdón fortalece el sistema inmunológico y ayuda en la recuperación de enfermedades graves. Cuando guardamos rencor, dañamos nuestro propio cuerpo. A veces, perdonar parece imposible humanamente, pero con la ayuda de Dios y su fortaleza, podemos lograrlo. Es un proceso en el que Dios nos da las herramientas necesarias.
Santiago 4:3 nos revela otro obstáculo en la oración: "Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites". No está mal querer vivir bien, tener una casa o un transporte; el problema surge cuando caemos en la trampa del consumismo desenfrenado, deseando siempre el último modelo de todo solo por vanidad o placer personal. Dios desea bendecirnos con cosas hermosas, pero debemos cuidar nuestras motivaciones. Como hijos de Dios, nuestro propósito principal es servir: a la familia, a los hermanos en la fe y al prójimo. Servir es una característica esencial de la integridad cristiana.
Finalmente, ¿por qué necesitamos orar? Tomemos el ejemplo de Moisés. Él era un hombre que mantenía una intimidad directa con el Señor. A través de esa relación, Dios le reveló los estatutos y leyes para el pueblo. Cuando pasamos tiempo a solas con Dios, Él se manifiesta, se revela y nos guía sobre qué pasos dar. En lugar de solo pedir bendiciones para nuestros planes, deberíamos preguntar: "Señor, ¿qué quieres que haga?". Es en ese silencio y entrega donde Dios empieza a hablarnos y a darnos dirección clara para nuestra vida.
He vivido momentos clave en los que, ante situaciones difíciles, simplemente le dije: "Señor, ¿qué hago?". Pasé tiempo buscando a Dios y, aunque al principio parecía no haber respuesta, finalmente llegó una palabra a mi corazón con la certeza de que era el camino a seguir. No fue algo mágico ni místico; fue el resultado de mantener una comunicación directa con el Padre.
Jesús es nuestro mayor ejemplo: Él oraba antes de tomar cualquier decisión importante, como cuando eligió a sus doce discípulos. Por eso, antes de emprender un negocio, realizar un viaje o hacer un cambio que transforme su vida, primero ore. Es excelente planificar y usar nuestro intelecto y experiencia, pero debemos reconocer nuestras limitaciones humanas y presentar nuestros planes ante el Señor para que Él nos dirija. Incluso después de grandes éxitos, Jesús se apartaba a orar para no caer en la vanagloria. Muchos líderes espirituales han caído porque el éxito y el poder los cegaron; debemos estar alertas, pues somos seres débiles sujetos a pasiones. La oración es nuestra protección.
El apóstol Pablo también dedicaba tiempo a buscar al Señor. Aunque comenzó como un perseguidor de la iglesia, su humildad y su vida de oración permitieron que Dios lo transformara en un instrumento poderoso para llevar el mensaje a las naciones. Esto nos lleva a reflexionar: ¿Oramos solo cuando necesitamos un "telegrama de urgencia" para que Dios nos salve de un apuro, o buscamos un encuentro personal con Él?
Necesitamos encuentros personales con nuestro Creador. En Apocalipsis 1:10, el apóstol Juan relata: "Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta". Cuando usted cultiva la intimidad con Dios, algo sucede; hay una manifestación de su presencia. Para Juan fue una voz poderosa que le reveló visiones gloriosas. Para otros, puede ser un silbo apacible, una sensación de paz profunda o la certeza de su abrazo. En un momento muy difícil de mi vida, tras postrarme y pedir ayuda, no escuché truenos ni vi ángeles, pero sentí claramente que Dios me abrazaba y me decía: "Yo estoy contigo".
Ese es el encuentro personal que Dios desea tener con usted. A menudo vivimos tan deprisa que nuestras oraciones se vuelven mecánicas y repetitivas, como un rezo aprendido. Pero la oración debe ser un tiempo para abrir el corazón sinceramente. Dios es soberano y se manifiesta como Él quiere, pero siempre responde a quien le busca de verdad. Como los discípulos le pidieron a Jesús en Lucas 11:1: "Señor, enséñanos a orar", hoy nosotros también debemos reconocer que la oración es una parte vital de nuestra vida espiritual y de nuestro crecimiento como cristianos. Es el medio para conocer más profundamente a nuestro Señor.
Hemos explorado aspectos fundamentales de la oración. Dirigirse al Padre es esencial, pero también lo es cultivar ese tiempo íntimo con Él. Debemos ser conscientes de que si hay pecado o iniquidad en nuestro corazón, nuestra oración podría ser bloqueada. No hay un horario exclusivo; podemos buscar al Señor de madrugada, tarde o noche, ¡hasta tres veces al día como Daniel!
Incluso la postura física importa, pero lo principal es la actitud del corazón. Si podemos arrodillarnos, gloria a Dios, pero lo vital es ese momento de consagración. En última instancia, lo más importante es que busquemos diariamente un encuentro personal y transformador con nuestro Padre Celestial. ¡Dios les bendiga!
Este es un extracto de la prédica titulada ¿Cómo debemos orar?. Te invitamos a ver la prédica completa aquí.


