Es tiempo

Es Tiempo

Hemos estado hablando sobre muchas cosas, ¿verdad? Durante el mes de junio, conversamos acerca de la familia y diversas situaciones. Hoy queremos abordar algo que nos afecta en nuestra vida diaria: el tiempo. Vivimos en una sociedad donde el tiempo parece estar cada vez más segmentado. Por ejemplo, si vas al banco, necesitas un tiempo específico; si quieres compartir con tu familia, tal vez solo tengas el fin de semana porque trabajas todos los días. A veces, incluso en esos momentos libres, tienes otras tareas que hacer y el tiempo no alcanza. Queremos reflexionar sobre las dimensiones del tiempo y cómo Dios obra en el tiempo que vivimos, porque Dios es un Dios simple, no complicado, pero maravilloso y grande. Vamos a compartir sobre esto, y quiero que pensemos juntos: el tiempo pasa rápido.

Hoy vamos a centrarnos en el libro de Ageo, un profeta muy particular. Junto con otros profetas menores, Ageo hablaba al pueblo de Judá, en el sur de Israel, en un contexto especial. Este pueblo había estado exiliado durante mucho tiempo, lejos de su tierra. Vamos a leer Ageo, capítulo 1, desde el versículo 2 en adelante, en la versión Septuaginta, que nos ofrece una perspectiva clara.

«Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: Este pueblo dice: “No ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehová sea reedificada”». Luego, la palabra de Jehová vino por medio del profeta Ageo, diciendo: «¿Es para vosotros tiempo de habitar en vuestras casas artesanadas mientras esta casa está desierta?». Y añade: «Meditad bien sobre vuestros caminos».

Esta frase, «Meditad bien sobre vuestros caminos», es clave. Dios, a través de Ageo, exhortaba al pueblo con una palabra profética, y esa misma exhortación nos alcanza hoy. Dios nos habla para que reflexionemos sobre cómo estamos viviendo.

«Sembráis mucho y recogéis poco; coméis y no os saciáis; bebéis y no quedáis satisfechos; os vestís y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su salario en saco roto». Entonces, Jehová insiste: «Meditad sobre vuestros caminos».

Imagina la situación del pueblo de Israel: habían regresado del exilio a su tierra, pero todo estaba destruido. Seguramente, cada uno quiso ir a ver dónde estaba su casa, el lugar donde creció, donde vivieron sus padres o abuelos. Quizás sentían añoranza, pero al llegar encontraron solo ruinas y cenizas. Entonces, comenzaron a trabajar para reconstruir sus hogares, lo cual era necesario y bueno. Sin embargo, en medio de ese esfuerzo, se olvidaron de algo crucial: el templo, la casa de Jehová, que era el centro de su sociedad antes del exilio. Todo giraba alrededor del templo, pero ahora, ocupados en sus propios asuntos, lo habían descuidado.

Ageo les recuerda: «Ustedes están muy ocupados en sus casas, en sus quehaceres, pero han olvidado la casa del Señor». Esto nos pasa también a nosotros. Vivimos en una sociedad que nos absorbe con tantas responsabilidades: el trabajo, la familia, las actividades diarias. A veces, nos olvidamos de que el templo del Señor, que representa el centro de nuestra vida espiritual, debe ser la prioridad. El profeta los confronta: «Meditad en vuestros caminos», porque estaban tan enfocados en sus cosas que descuidaron lo que Dios consideraba esencial.

Vamos a explorar tres dimensiones del tiempo que se desprenden de este pasaje.

Primera Dimensión: El Aspecto Personal

La primera tiene que ver con el aspecto personal. Dios está obrando en nuestras vidas de manera individual, y esto lo vemos en Filipenses 1:6, que dice:

«Estoy persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo».

¡Qué tremenda verdad, ¿verdad? Dios comenzó una obra en ti, y tú eres como una obra de arte en sus manos. Él es el alfarero que te está moldeando, perfeccionando tu vida hasta que sea completa. Cada escultor tiene su estilo, pero Dios utiliza todos los materiales y todas las circunstancias para formarte. A veces, ese proceso incluye situaciones difíciles, pérdidas o desafíos que no entendemos. Podemos preguntarnos: «¿Por qué me pasa esto si quiero hacer lo correcto?». Pero la Palabra nos asegura que Dios está perfeccionando su obra en nosotros, incluso a través de las dificultades.

Este proceso de formación no termina, no importa cuánta experiencia tengas. Quizás digas: «Ya tengo años en la fe, ya sé cómo funcionan las cosas». Pero Dios no se detiene; Él sigue moldeándote. Colosenses 4:5 nos exhorta:

«Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo».

Esto significa aprovechar bien el tiempo, ser cuidadoso en cómo vivimos y cómo tratamos a los demás, especialmente a aquellos que no conocen a Dios. Somos una obra en proceso, y Dios usa cada momento para transformarnos.

Reflexión: ¿Cómo estoy manejando mi tiempo? ¿Estoy permitiendo que Dios perfeccione mi vida?

Segunda Dimensión: El Tiempo Presente

La segunda dimensión es el tiempo presente, el momento que estamos viviendo ahora. En Colosenses 4:3-6, Pablo pide oración para que Dios le dé sabiduría para compartir la Palabra. Dice:

«Orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo». Y luego: «Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno».

Pablo nos enseña a aprovechar el tiempo presente, a vivir con propósito en el ahora. Vivimos en una sociedad consumista que nos empuja a buscar más: más estudios, más bienes, más logros. Nos dicen: «Capacítate, haz una licenciatura, un máster, un doctorado». Nos venden la idea de que siempre necesitamos algo nuevo, algo mejor. Incluso los productos están diseñados para durar poco, para que sigamos consumiendo: un televisor, una computadora, un celular. Todo cambia rápido, y la sociedad nos presiona para seguir ese ritmo.

Además, esta sociedad promueve una filosofía hedonista: «Si te hace sentir bien, hazlo». Pero cuidado, porque esa mentalidad puede alejarnos de los principios de Dios. El profeta Ageo nos llama a detenernos y preguntar: «¿Cómo estoy viviendo hoy? ¿Estoy meditando en mis caminos? ¿Mi vida está guiada por el consumismo o por el plan de Dios?». En este momento presente, debemos evaluar si estamos priorizando lo que realmente importa o si nos hemos dejado llevar por las demandas del mundo.

Tercera Dimensión: La Acción

La tercera dimensión del tiempo es la acción. No basta con reflexionar; debemos actuar. Dios nos llama a tomar decisiones y hacer algo con el tiempo que nos ha dado. Imagina a una madre que le pide a su hijo: «Lava los platos». Si el hijo tarda tres horas, la madre podría decir: «¡Ya era tiempo!». De la misma manera, Dios nos está pidiendo que actuemos ahora, que tomemos decisiones frente a las circunstancias que vivimos.

Esto aplica a nuestra vida familiar: ¿Cómo está mi relación con mi familia, con mis padres, con mi cónyuge? También a nuestra vida personal: ¿Me siento bien? ¿Hay áreas que debo mejorar? Y en el trabajo: ¿Estoy en el lugar correcto? ¿Debo tomar alguna acción?

Más importante aún, debemos preguntarnos: ¿Cómo estoy respondiendo a lo que Dios me pide? A veces, estamos tan ocupados que olvidamos el propósito para el cual Dios nos llamó. Él quiere que hagamos algo, no solo que vivamos para nuestras tareas diarias.

En Lucas 22:39-46, vemos a Jesús en el monte de los Olivos, enfrentando el momento más difícil de su vida. Oró con angustia:

«Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Estaba en agonía, sudando como grandes gotas de sangre, pero cumplió la voluntad de Dios. Esto nos enseña que hacer la voluntad de Dios no siempre trae paz inmediata; a veces, implica lucha y sacrificio. No confundamos la paz con la obediencia. Podemos estar tranquilos, pero eso no significa que estemos en el centro de la voluntad de Dios.

Ageo, en el capítulo 2:15, lleva la exhortación un paso más allá:

«Ahora, pues, meditad en vuestro corazón».

No solo en tus caminos, sino en lo más profundo de tu ser. Dios quiere transformar tu corazón para que entiendas su propósito. En Ageo 2:9, promete:

«La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera».

Aunque el pueblo había perdido mucho, Dios les aseguraba que lo que vendría sería aún mejor. Lo mismo aplica a nosotros: no importa las dificultades o pérdidas que hayamos enfrentado, Dios tiene algo mayor para nuestras vidas.

Hermanos, meditemos en nuestros corazones. ¿Cómo está nuestro corazón ante Dios? Él nos llama a no vivir solo para nuestras actividades, sino a decir: «Señor, ¿qué quieres que haga por ti?».

Dios nos ha llamado con un propósito, para ser bendición en nuestra familia, comunidad y nación. No dejemos que el consumismo o las distracciones nos alejen del templo del Señor, que es el centro de nuestra vida. En este año, que nuestro corazón esté dispuesto a escuchar y obedecer, a decir: «Señor, aquí estoy». Porque el reino de Dios es para los valientes, para los que se atreven a actuar según su voluntad.